CIUDAD JUÁREZ: ¿COSMOPOLITA O PLURALISTA?

(Un enfoque de política pública)

Emilio NanáEste artículo tiene como objetivo analizar algunos planteamientos que involucran percepciones de Ciudad Juárez y sus posibles implicaciones en la construcción de políticas públicas en el contexto del fenómeno de inmigración y particularmente del denominado multiculturalismo. En este intento, se analiza literatura referida a la ciudad para denotar la construcción de un imaginario moral que pesa sobre la ciudad y que incide en la conformación de actitudes y predisposiciones hacia ella y literatura proveniente del ámbito de las ciencias sociales que expresan posiciones encontradas respecto del fenómeno precitado.  A manera de conclusión expresaré mi posicionamiento.

LO DICHO:

  • Ciudad Juárez: “Territorio de nadie – Desierto Cultural”.

Una percepción pasa por considerar a esta frontera en función de un estereotipo como una región en la que es posible todo porque y finalmente es un “territorio de nadie”, un espacio en el desierto cultural, una tierra de maquila y sitio de violencia. Así, lo reconoce Víctor Zúñiga cuando refiere que la región norfronteriza ha sido “pastura de arquetipos cinematográficos, cómicos y legendarios -el norteño bruto pero noble-, la idea de desierto incluye la de incultura, no en su sentido de estado subhumano o rezago cultural, sino de falta de cultivo, de simplicidad, de propio y singular reloj histórico”. (Zúñiga, 1995). “La palabra misma cultura en este mundo primitivo produce un tenor inusitado: ¡cultura!  –exclamó Vasconcelos en medio de aquél oceánico llano norteño y dicen, las lenguas bifurcadas, que todos a un tiempo: desfundaron sus pistolas….” (Gerardo Cornejo, 1987).

En especial, la historia de Ciudad Juárez, ha acuñado diferentes estereotipos que en nada le ayudan a deconstruir esta noción de espacio bárbaro, de lugar de entretenimiento sin mesura: “Juárez es el lugar más inmoral, degenerado y perverso que he visto u oído contar en mis viajes, afirmó el cónsul norteamericano John W, Dye en 1921”; “Ocurren a diario asesinatos y robos. Continuamente se practican juegos de azar, se consumen y se venden drogas heroicas, se bebe en exceso y hay degeneración sexual. Es la Meca de los criminales y los degenerados de ambos lados de la frontera”. (Martínez, 1982). Lo que lleva a pensar que este imaginario moral sexual ha tenido y tiene incidencia en la conformación de las actitudes y disposiciones respecto de la ciudad.

En específico, cuando se trata de un contexto como Ciudad Juárez, de región fronteriza, la mirada recae en un territorio que es conceptualizado desde fuera como permisivo, más abierto a la influencia de la cultura anglosajona y de costumbres de libertinaje sexual. En este sentido, llegué a leer en una ocasión: “Ciudad Juárez es la Venecia de las Aguas Negras”, en alusión a su deplorable sistema de alcantarillado, pero que permea más allá de su significado intrínseco hacia uno de carácter simbólico dada la construcción social que se ha configurado desde tiempo atrás en dicho imaginario. No parece irracional, pues, que esta  visión de nuestra región, haya materializado una predisposición hacia un lugar donde es permisible la conducta delictiva, sombría y promiscua, es decir, un Imaginario moral fronterizo.

            Por lo tanto, el interés en la percepción que se tiene de una ciudad dentro y fuera de ella, pasa por las experiencias que cada persona filtra conforme a su edad, clase social, etnia, raza y género, por decir algunos de los sesgos que imprimen su sello a dicha percepción, en un periodo de tiempo determinado. Pero hay un sesgo que se ha impreso desde fuera a Ciudad Juárez y que lleva ya algún tiempo en construcción: “Territorio de Nadie”, “Desierto Cultural”. Que a la postre impulsa condiciones para la reproducción de dicha concepción, actitudes e imaginario respectivo. Por ello, es pertinente cuestionar (se) si debe promoverse una tolerancia irrestricta a los “enemigos culturales”.

  • ¿Tolerancia irrestricta?

Sartori (2001) se cuestiona ¿debe la sociedad pluralista ser tolerante con sus “enemigos culturales”? Situando el debate en el cuestionamiento de hasta qué punto debe la sociedad ser abierta y cosmopolita, afirmando, en ese sentido, que “el pluralismo no ha sido nunca un “proyecto”. Ha surgido a trompicones de un nebuloso y sufrido proceso histórico. Y aunque sí es una visión del mundo que valora positivamente la diversidad, no es una fábrica de la diversidad, no es un “creador de diversidades”, una diversity machine.” (p. 123). Con ello, reconoce los procesos económicos, políticos, sociales y culturales que se han imbricado en una regíon específica para materializar un fenómeno histórico como es el pluralismo cultural. Es, pues, el reconocimiento de una realidad de Facto en la medida en que surge de manera no intencional, es decir, no surge de una política pública encaminada a su promoción.

Sosteniendo que “el multiculturalismo, en cambio, es un proyecto en el sentido exacto del término, dado que propone una nueva sociedad y diseña su puesta en práctica. Y es al mismo tiempo un creador de diversidades que, precisamente, fabrica la diversidad, porque se dedica a hacer visibles las diferencias y a intensificarlas, y de ese modo llega incluso a multiplicarlas” (p. 123)

Lo anterior, pone en la mesa de la discusión lo que es una agenda “politicamente correcta” en la actualidad, debido al auge del multiculturalismo, como expresión de solidaridad y tolerancia entre los seres humanos pertenecientes a diversas ideologías. No obstante ello, es dable preguntarse si en la persecución de un ideal “humanista” se obtiene, paradójicamente, lo contrario, es decir, la inequidad, la incertidumbre y la inseguridad.

LO QUE SOSTENGO:

Ciudad Juárez ha sido, en periodos de su historia, cosmopolita, un lugar que ha acogido personas y expresiones culturales de diversas regiones del país y del extranjero. Ha sido un lugar multiculturalista y, por ello,  tengo una opinión muy favorable de mi ciudad natal en la medida en que las actitudes de hospitalidad y acogimiento conformaron un clima de tolerancia y respeto a la diversidad cultural por mucho tiempo.

Dentro de este flujo de personas y asentamientos, que deviene de manera importante desde los años posteriores a la “Ley Seca” (1918) en Estados Unidos de Norteamérica, se dieron cambios en las políticas interior y exterior norteamericanas y afectaron de manera importante las relaciones entre los dos países y, por supuesto, entre Ciudad Juárez y El Paso, Texas.

Con tales cambios y prohibición se gestó una reactivación económica de la región en ciertos sectores como el turismo y de servicios de entretenimiento[1], pero trajo consigo problemas de hacinamiento y salud a virtud de la cantidad de desempleados que fueron deportados, como refiere González (2002) en Breve historia de Ciudad Juárez y su región (p. 138).

El mismo autor precitado hace alusión de la ciudad como una que “vendió su alma al diablo” porque “junto con los negocios relacionados con el alcohol, otras formas no tan sanas de entretenimiento se desarrollaron sólo en el lado mexicano, tales como la prostitución, el juego y la venta de drogas”, aunque atenúa tal hecho porque “no tenía entonces otra alternativa para su recuperación económica” (p. 139) Con esta preferencia obligada por el turismo de frontera, continua el autor, “la ciudad remachó de manera definitiva su fama de perversa, una fama que desafortunadamente perdura hasta nuestros días” (p. 139).

Con dicho referente histórico, que la ubica como “lugar de tránsito” y, en el imaginario colectivo como “tierra de nadie”, “sitio de maquila”, “desierto cultural”, la ciudad que “vendió su alma al diablo”, ha recibido los embates de un capitalismo gore a través de la narcocultura y de un desprecio por las mujeres materializado en el feminicidio.[2] Ambos fenómenos, que responden a causas estructurales más amplias, se despliegan sobre la ciudad-territorio con “mayor naturalidad” en función de ese imaginario moral- sexual construidos sobre la ciudad.

Así, habría que reconocerse, en primera instancia, que la violencia extrema suscitada en la ciudad, en un periodo que va de los inicios del feminicidio a la narcoguerra, tiene un origen estructural más amplio y un sesgo de género. Sayak [3]  señala, por ejemplo, que la violencia extrema, percibida desde los feminismos, sólo puede entenderse “situando a los sujetos mujer y hombre como sujetos políticos, antes que alguna corporalidad específica o algún remanente biológico” (p. 251). Significando, además, al estado de excepción que envuelve al fenómeno de la violencia  como “una ruptura fundamental de los pactos éticos  occidentales  que durante mucho tiempo hemos intentado tomar como nuestros (otro remanente colonial), así como la desestructuración de la sociabilidad que se ha vuelto cada vez más difícil y peligrosa, sumiéndonos en un estado de emergencia dentro del cual, cualquier tipo de sociabilidad posible ha quedado desdibujada (p. 252)

Así puede ser comprendida la episteme de la violencia, dentro de un contexto más amplio, donde “el concepto de ciudadanía ha venido a significar vulnerabilidad en el estado de violencia perpetua en el que se desarrollan los países del tercer mundo. Específicamente en el caso de México donde la violencia extrema del capitalismo gore nos amedrenta y nos vulnerabiliza, en dos direcciones” (p. 252). La propuesta de la autora  es, pues,  más un conocimiento situado geopolíticamente que ayuda a comprender la elaboración de un corpus discursivo capaz de interpretar tal episteme, el capitalismo y su expresión neoliberal  en que vivimos actualmente. [4]

A tal propósito, refiere al estado de excepción no solamente como la suspensión de leyes dentro de un estado de emergencia o de crisis sino de un estado prolongado de ser. Considera, asimismo, que la violencia, como herramienta de la economía mundial, ha generado una suerte de episteme que es entendida como un horizonte de sentido y referencia que deviene distópica y real. No hay que olvidar que, como herramienta, ha sido utilizada para impulsar políticas públicas en diversos países incluyendo los Estados Unidos de Norteamérica, bajo la doctrina del shock. [5]

Así, la unión entre episteme de la violencia y el capitalismo contemporáneo deviene a ser un fenómeno al cual denomina capitalismo gore. Poniendo de relieve que el capitalismo, además de ser un sistema de producción, ha devenido en una construcción cultural.  De una sociedad sustentada en el capitalismo gore se espera y se deriva el impacto que ésta tiene en los sujetos. A la subjetividad creada la denomina endriaga.[6]

Esta combinación de sujetos endriagos, episteme de la violencia y concepción territorio – ciudad – naturalizada desde el imaginario colectivo, nos obliga a replantear el fenómeno del multiculturalismo en la ciudad como una posibilidad reducida en la medida en que la sociedad se ha vuelto más cautelosa, más desconfiada. Este no sería el obstáculo principal, asentado en razones de seguridad exclusivamente, sino otro de mayor envergadura: la conservación del Estado Laico.

En este sentido, un argumento con mayor peso en contra del multiculturalismo lo es las concepciones religiosas divergentes a la concepción del Estado Laico. No obstante que el Estado Mexicano  se declara laico, la ideología religiosa domina amplios espectros de la vida pública y regiones del país. Así, uno de los cuestionamientos centrales es la promoción del multiculturalismo con asentamientos de grupos religiosos fundamentalistas.

Ello, nos plantea que el multiculturalismo no es una continuación y extensión del pluralismo en la medida en que este no implica la fabricación de identidades culturales y, en algunos casos, “se resucitan a propósito, sin suficientes razones para hacerlo” (Sartori, 2001, 125-126). Implica, en todo caso, que el pluralismo hace el reconocimiento de procesos históricos y sociales que imbrican a comunidades, conformando identidades grupales en muchos sentidos de manera “natural”.

Lo que significa que el pluralismo no refuerza sino atenúa las identidades con las que se encuentra, mientras que el multiculturalismo crea “identidades  reforzadas”, precisamente por la coincidencia y superposición de lengua, religión, etnia e ideología. (Sartori: 2001, 127). Ello nos enfrenta al dilema planteado si consideramos que, en aras de la fraternidad y la solidaridad de corte “humanista”, se promueve la inclusión de lo que, en términos ideológicos fundamentales, no es posible su inclusión, es decir, la concepción fundamental de ciertos grupos sociales que reivindican su predominio sobre el resto de la sociedad en virtud de sostener básicamente ser portadores, “poseedores de la verdad”.

Lo que a juicio de Sartori (2001) resulta relevante es que el multiculturalismo se plantea como una ruptura histórica cuyas consecuencias son, al decir del autor,  mucho más graves de lo que los aprendices de brujos que lo promueven parecen percibir. Así, afirma que “durante milenios, la ciudad política ha visto en la división interna un peligro para su propia supervivencia  y ha pretendido de sus súbditos una concordia sin discordia” (p.127) Con ello, visibiliza las contradicciones al interior de la sociedad de frente a su desarrollo interno.

Razonamientos que, me parece, son más densos cuando de lo que se trata es el desarrollo del Estado Laico. Por una parte, la promoción de la libertad e igualdad que están garantizadas a nivel constitucional en la Carta Magna para todos los habitantes y, por otra, el derecho a la autonomía o autodeterminación de los pueblos. Vale decir, el enfrentamiento entre una cosmovisión de derecho garantista (de frente al Estado) y otro de derecho social o colectivo (con el Estado).

Considero que el multiculturalismo se embona más en la primera concepción al reivindicar derechos individuales o de grupo que, por el hecho de estar en una declaración normativa (La Constitución), obtiene sin el clivaje social que le de sustento histórico. Por lo contrario, el pluralismo se atiene a una concepción donde se imbrican historia y cultura al derecho público de autodeterminación.

A mayor abundamiento, el desarrollo interno de las ciudades implica una fusión de las dinámicas de respeto y tolerancia entre los grupos, de la cual se distancian los grupos fundamentalistas quienes, de manera nodal, reivindican una postura iusnaturalista – fundamentalista contraria al sustento estatal de corte iuspositivista – laico. El reconocimiento, pues, de las ideologías irreconciliables[7] marca un límite a lo políticamente correcto en la promoción de comunidades sustentables.

            A MANERA DE CONCLUSIÓN:

He intentado recoger algunas percepciones sobre Ciudad Juárez y sus posibles implicaciones en la construcción de políticas públicas en el contexto del fenómeno de inmigración y particularmente del denominado multiculturalismo. En este intento, analicé literatura referida a la ciudad para denotar la construcción de un imaginario moral que pesa sobre la ciudad y que incide en la conformación de actitudes y predisposiciones hacia ella y literatura proveniente del ámbito de las ciencias sociales que expresan posiciones encontradas respecto del fenómeno precitado

Con ello, sostengo el argumento de que las políticas públicas que impulsan proyectos dirigidos a la multiculturalidad tienen una base racional desvinculada al reconocimiento de los procesos históricos, sociales y culturales que conforman comunidades “naturales”, “que les dan vida”. Por lo contrario, el pluralismo si se ancla en dicho reconocimiento y atenúa sus contradicciones. El pluralismo se manifiesta como una sociedad abierta muy enriquecida por pertenencias múltiples, mientras que el multiculturalismo significa el desmembramiento de la comunidad pluralista en subgrupos de comunidades cerradas y homogéneas.

El respeto y la tolerancia, como valores impulsados desde las políticas públicas, tienen el límite de la reciprocidad – histórica, Por lo tanto, quienes reivindican derechos sin correspondencia histórica estarán promoviendo la división interna, de cohesión necesaria para el desarrollo armónico de la comunidad – ciudad, Estado – Nación. Ciudad Juárez no es la excepción.

Referencias Documentales:

SARTORI, Giovanni. La sociedad multiétnica. Grupo Santillana de Ediciones S.A. Madrid. 2001.

GONZÁLEZ, Martín. Breve historia de Ciudad Juárez y su región. Ediciones y Gráficos Eón S.A. México. 2002.

SAYAK, Valencia. “En el borde del border me llamo filo”. Discursos fronterizos de la cultura popular. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. 1ª ed. México. 2010



[1] González (2002) anota que “entre 1919 y 1920 la ciudad recibió la friolera de 400,000 turistas de todas clases sociales (p. 139)

[2]   El termino femicida  fue acuñado por Diana E. H. Russell en 1975 para referirse a la muerte de mujeres motivadas por misoginia. El uso actual de la palabra ha devenido a ser menos clara  debido a la intercambiabilidad del uso de los términos femicida y feminicidio. Sin embargo las académicas Rosa Linda Fregoso y Cynthia Bejarano (2010:5)  clarifican que ´construir sobre la definición genérica como “la muerte de las mujeres y muchachas debido a que son hembras” (Russel, 2005a: 15) , nosotros definimos feminicidio como las muertes de mujeres y muchachas fundadas en una estructura de poder de género´. Fregoso y Bejarano (2010) no habían publicado al momento que conduje esta entrevista, pero apoyo el uso del término feminicidio.

[3] En el borde del border me llamo filo. Margarita-Sayak Valencia Triana. Discursos fronterizos de la cultura popular. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. 1ª ed.2010

[4] Algunas hipótesis sobre la extensión del sentimiento de inseguridad en América Latina se expresan en el artículo del mismo nombre por Gabriel Kessler*El artículo presenta una serie de hipótesis sobre el sentimiento de inseguridad en América Latina a partir de investigaciones en Argentina. La idea central es que la extensión social del sentimiento de inseguridad produce consecuencias en el plano de los imaginarios y de las prácticas sociales ¿Qué procesos alimenta el sentimiento de inseguridad al extenderse? El acuerdo acerca de que se trata de un problema público cualitativamente diferente de lo habitual en el pasado plantea una serie de interrogantes: sobre las causas, los riesgos personales y las soluciones necesarias. Las respuestas son las piezas que conforman los relatos sociales sobre la inseguridad. Tal definición de la realidad sugiere qué emociones son lógicas sentir y se proyecta al terreno de la acción. También se modifica el clásico vínculo entre temor y autoritarismo. Finalmente, las paradojas de la inseguridad, el enigma de porqué los grupos en apariencia menos victimizados son los más temerosos, son sometidas a revisión.

[5] Naomi Klein apunta que “del shock y de la conmoción surgen miedos, peligros y destrucciones inaprensibles para la mayor parte de la gente, para elementos y sectores específicos de la sociedad de la amenaza, o para los dirigentes” (pág. 2). En este sentido, Klein visibiliza el shock como instrumento de política pública cuando señala: Richard Baker, un destacado congresista republicano de Nueva Orleans, le había dicho a un grupo de presión: “Por fin hemos limpiado Nueva Orleans de los pisos de protección oficial. Nosotros no podíamos hacerlo, pero Dios sí”, refiriéndose al desastre natural que azotó Nueva Orleans. Derivándose de dicho desastre el reclamo oportunista de menos impuestos, menos regulaciones, trabajadores con salarios más bajos y “una ciudad más pequeña y más segura”, lo que en la práctica equivalía a eliminar los proyectos de pisos a precios asequibles y sustituirlos por promociones urbanísticas.

[6] Los sujetos endriagos serían “aquellos que contradicen lo aceptable y lo normativo y que hacen frente a su situación  de exclusión por medio del necroempoderamiento y las necroprácticas, prácticas gore tránsfugas y distópicas”. Prácticas, considero, que surgen en un contexto de sociedades hiperconsumistas y de exclusión de muchos del consumo básico. Allí, donde la ausencia de estado y de políticas públicas que les proporcione el estado de bienestar anhelado surge el sujeto endriago, es decir, aquel que mediante la expresión de la violencia se hace visible y expresa, además, una violencia sesgada hacia las mujeres en particular, por ser sujetos en condiciones culturales (de subordinación y dependencia) de mayor vulnerabilidad y representatividad de sus “flaquezas”.

[7] El esencialismo, que inviste a las religiones, es consustancial al conservadurismo político, al mantenimiento del Status Quo. Con ello se promueve, se conservan los procesos de discriminación y desigualdad en todos los ámbitos de la vida personal y social. Por ello, no promuevo creencia religiosa alguna ni promuevo actitudes relacionadas. Ello, repito, por las consecuencias sociopolíticas que de tales creencias y actitudes se desprenden de manera explícita y las más de las veces de manera implícita, como son la inequidad de género, la desigualdad en la distribución de los bienes materiales y simbólicos, la explotación de los cuerpos humanos, etc. Nuestras acciones no son neutras, aunque ignoremos las consecuencias de ellas.

 

JuárezDialoga a invitado Emilio Naná por su compromiso y trabajo en diversos movimientos sociales en Juárez. Él es Abogado/Psicólogo/Maestría en Ciencias Sociales: especialidad en políticas públicas y estudios culturales. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales: especialidad en género.

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