ELECCIÓN SIN LEGITIMIDAD

Unos días antes de la elección circuló en Ciudad Juárez un video en el cual se miraba a una multitud aglomerada en torno a un camión del que varios individuos sacaban pequeños costales de papas y los repartían apresuradamente. Ello ocurrió en Riveras del Bravo, un barrio depauperado y abandonado a la buena de dios, como tantos otros. Un joven albañil me decía que por San Francisco, su colonia, “…hubo muchos que formaron a los niños, esos lograron más, porque les tocaron tres y hasta cuatro costalitos…aunque estaban revueltos porque unos eran del PAN y otros del PRI, no nomás eran de éstos”. Escenas o situaciones parecidas se observaron en todo el país con bultos de cemento, tarjetas telefónicas, de dinero electrónico para cobrarse en cajeros automáticos o en tiendas de autoservicio. La política electoral montada en el uso de la pobreza. El voto es secreto, se dice, pero ¿Cuántos de estos electores que resolvieron el problema de la despensa, algunos del estómago vacío -en otros barrios se entregaron bolsas con un kilo de frijol y dos latas de leche- por una semana o un par de días podrían sustraerse del sentimiento de gratitud, del vínculo sicológico que los ata a quien les hizo el regalo?. Estoy seguro que una minoría. Baste consultar los resultados en las casillas cercanas a los sitios de los repartos: en todas abrumó el PRI a sus contendientes. Por eso, nunca me pareció el consejo “agarren lo que les ofrezcan y luego voten por quien quieran”, aunque entiendo que exigir a los necesitados el rechazo de la dádiva en nombre de su libertad o de su interés a largo plazo es estrechar demasiado.

Los gobiernos y entidades oficiales tienen prohibido hacer propaganda con la obra pública en tiempos electorales. ¿Pero entonces, sí están facultados para entregar comida u otros bienes en la víspera de la elección?. ¿No es ésta una grosera violación a la legalidad, que pretende garantizar a los ciudadanos el ejercicio de un derecho con plena libertad, sin coacciones?. Cierto es que siempre puede alegarse que los “programas sociales” no pueden detenerse ni siquiera por un corto lapso, pero esta razón no deja de ser una chapucera argucia, propia de aquellos que han convertido al Estado en un instrumento faccioso.

El 30 de junio, con un grupo de amigos examinaba el significado de estas prácticas y de su impacto en los resultados previsibles. Traía entonces a la memoria las elecciones de 1994, aquellas que el mismo Ernesto Zedillo cuyo triunfo fue arrollador, calificó como inequitativas. Tuvieron lugar el 21 de agosto. El 19 y el 20, llegaron como de milagro los esperados cheques de PROCAMPO a miles de presidencias municipales y oficinas públicas donde a cada uno de los beneficiarios el agente les entregaba su dinero y al momento de firmar repetía una frase: “Aquí tiene amigo y ya sabe por quién votar para que esto nos dure”. ¿Estamos de regreso?. Tengo claro que estas inicuas prácticas ni son exclusivas de México ni tampoco del PRI, pero son este partido y los funcionarios venidos de sus filas, quienes las han llevado más lejos y convertido en una de sus llaves maestras para imponerse en las justas electorales.

Aún considerando que en una colectividad cuyas mayorías se han empobrecido en grados extremos como sucede en México o en Centroamérica, tales acciones ilegítimas tienen las mayores probabilidades de éxito, no son suficientes. Para una colectividad urbana, que se nutre ideológicamente de la TV, se han inventado otros recursos. Tales son los del amedrentamiento, la propagación de temores irracionales, etcétera. La última versión de los genios manipuladores son las encuestas de opinión. Concebidas como instrumentos útiles para ir midiendo el pulso a los electores, pronto se sumaron a los dispositivos más toscos para ganar adeptos, como el de la compra de los votos. Destacó en esta ocasión la de GEO-ISA, asociada con el grupo Milenio. Durante cada uno de cien días, estuvo ofreciendo a los televidentes y lectores, una machacona visión de las elecciones: el candidato del PRI aventajaba por 18 puntos al menos. Entre la candidata del PAN y el del Frente Progresista, había un empate técnico, pues ora se ubicaba una ora el otro en el segundo lugar. Con ello, se buscaba y se logró en buena medida, persuadir a una gruesa porción de los electores de la inutilidad de sufragar por el principal retador del supuesto campeón, pues estaba ya derrotado antes de subir al ring. El segundo propósito fue el de hacer aparecer al candidato López Obrador siempre en competencia por el segundo lugar, pegado a Josefina Vázquez Mota. La realidad era, sin embargo, bastante distinta. Es probable que sin la labor de las encuestadores, la diferencia de seis puntos y fracción entre AMLO y Peña Nieto no hubiese existido y hubiese resultado victorioso el primero.

Es evidente la dificultad para medir la influencia en la orientación de los electores que tuvieron las famosas encuestas. ¿Cuánto influye en el ánimo de una persona el que se le remache día y noche que tal competidor -en el deporte, en la política, en cualquier campo- es un triunfador y que otro es un perdedor?. ¿A cuál de ellos le apostará?. La respuesta es de sentido común y sin embargo, probar con un escalímetro -vale decir con pelos y señales- que el individuo se inclinará preferentemente por los convertidos en victoriosos de antemano, es imposible. ¿Cómo acreditar la eficacia de las técnicas propagandísticas de Goebbels (y la manipulación de las estadísticas fue siempre una de sus preferida)?, ¿Asentando en una lista la declaración jurada de todos quienes se dejaron persuadir y apoyaron a Hitler?. Ante esta insuperable dificultad, los encuestadores y sus patronos, pueden afirmar con absoluto cinismo: “Disculpen, nos equivocamos”. Sus operaciones dañaron al país, porque engañaron sistemáticamente al electorado y luego, hirieron de gravedad a la reputación de aquellos profesionales especialistas en diseñar y ejecutar estas consultas. Muy pocos habrá en el futuro que crean en la honestidad, objetividad y buena fe de los que preguntan sobre preferencias, no solo electorales sino de cualquier tipo. Los colegios, las universidades y las asociaciones donde se preparan o se junta a los expertos, deberían tomar cartas en el asunto, sancionar a los autores y salir por la honra de su oficio.

Enrique Peña Nieto fue investido ya como el próximo Presidente de la República, antes de que termine el proceso electoral. Felipe Calderón, se apresuró a pagarle la factura al PRI y lo reconoció como tal de inmediato, sin guardar siquiera las formas. Luego puso en movimiento a todo el aparato de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a todos los conductos diplomáticos para hacer que los gobiernos extranjeros hiciesen los propio. El magistrado presidente del Tribunal Electoral, anticipó su sentencia, sin siquiera esperar a que se le sometiera el caso. Si fuera un juez recto, debería excusarse de conocer del asunto, puesto que ya no está en condiciones de tratar con igualdad a las partes.

No discuto por ahora las responsabilidades de los dirigentes del Frente Progresista y de su candidato, tampoco las limitaciones, fallas y evidentes incongruencias de miembros dirigentes de los partidos coaligados. El hecho de relevancia y que ocupa la atención nacional, es la nueva estocada que sufrió la siempre naciente democracia mexicana. Tal parece que estamos condenados a los trabajos de Sísifo empujando la piedra hasta cerca de la cima para verla enseguida rodar y luego comenzar de nuevo. Tendremos, los más probable, un gobierno de la república encabezado por el PRI, que deberá enfrentar a una sociedad más politizada, mejor informada y ciudadanizada. Quizá les convenga recordar a sus líderes aquella premonitoria frase de Miguel de Unamuno dirigida a las triunfantes huestes del franquismo: “Venceréis, venceréis, pero no convenceréis”. Y, sin convencer, tampoco se puede finalmente vencer.

JuárezDialoga ha invitado al profesor investigador en historia y doctor en ciencia política, Víctor Orozco, por su trayectoria académica y su solidario compromiso con la sociedad civil organizada. Víctor, actualmente es el ombudsman de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ).

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