HISTORIA QUE NO ENSEÑA ES COMO LICOR QUE NO EMBRIAGA

No soy historiador, me queda muy claro. Tampoco soy un reportero. Me entrenaron para ser antropólogo, pero por problemas con la autoridad nunca dejé que me moldearan a su gusto.

¿Luego? No puedo dar cuenta de todo, sólo de lo que veo, oigo y hago. Pero el testimonio así deja muchos huecos, muchas cosas por aclarar.

Pero para construir una historia no sólo se requiere que alguien la cuente. Se necesita que se comente, se critique, se juzgue para que puedan llenarse los huecos que quedan y poder, a fin de cuentas, aprender de ella. Para eso es. Una historia que no enseña es como un licor que no embriaga. Me pregunta mi hijo que si el sabor no es suficiente razón para beber y no necesariamente la embriaguez que produce… No lo creo, el licor sabe mal comparado con tantos líquidos dulces y frescos que tenemos al alcance.

Pero bueno, les contaré lo que viví en torno a la Plaza Cervantina.

¿Cuándo la conocí? No lo sé. De hecho mi memoria puede estar mejorando con el tiempo. Desde que tenía como 18 años, tal vez allá por el 89, pasé por esa plaza y me extrañó el busto de Cervantes, los bajo relieves del Quijote y de Sancho y el molino con aspas de hojalata.

Paseando por la ciudad, el lugar es una pequeña sorpresa para propios y ajenos. He llevado a mucha gente y ese cervantino espacio contrasta con el resto de la ciudad, entre callejones se abre una pequeña plaza, los edificios que la esconden parecen un homenaje a la arquitectura colonial. Como si los callejones de nombres Rocinante, La Mancha y Dulcinea fueran un túnel mágico que transportan a ¿dónde? No lo sé, pero ahora el impacto es mayor, pues al entrar las altas paredes de los callejones presentan gigantes monstruos que son enfrentados por no tan grandes Quijotes.

Cuando le enseñé el lugar a mi hijo que en ese entonces tenía 9, se maravilló como tanta gente. ¿Qué hacen en este lugar? Me preguntó. Nada, respondí. Entonces me dijo que empezaría a juntar dinero para hacer que ese lugar tuviera vida de nuevo. Inocente, pensé, cómo si la voluntad fuera lo único que se necesita para cambiar las cosas… Pero parece ser que en esta ocasión así fue.

Pero bueno, ¿qué hace un padre cuando su hijo le pide que las cosas sean diferentes? Lo platiqué con Verónica Corchado es parte de distintos grupos que también buscan cambios en la ciudad, entre ellos el Pacto por la Cultura y Red Mesas de Mujeres.

Si algo en común tenemos Verónica y yo es que nos gusta mucho soñar. Ese es el primer paso para que las cosas cambien. Soñar. Imaginábamos que sería posible reavivar la plaza, pensamos que podría ser un homenaje alternativo a la memoria de las mujeres asesinadas en la ciudad. Pero nunca encontramos la manera de materializar ese sueño.

Luego, fue aproximadamente hace un año. ¿Habrá sido en el otoño del 2011? Me llamó por teléfono un tipo de nombre Gustavo Ruiz. Voz joven y tono amable. Me pidió que le explicara un poco la historia del Centro de la ciudad, que él era de aquí pero sentía que no la conocía lo suficiente. Parte de su interés era identificar espacios donde reproducir el proyecto de Inside-Out, es decir, buscaba dónde poder pegar posters con cara de gente, no para maquillar la ciudad, sino para demostrar que los verdaderos héroes de esta frontera son los que se parten la madre día a día y no tienen que cubrirse el rostro.

Pues le dije qué no podría platicarlo así como así, que fuera a la casa y que lo llevaría conocer lo que yo he visto del Centro. Así, un día se aprontó en la casa en compañía de un tal Alejandro Martínez, no ese que es fanático de Sabina, este es otro que trabajaba en El Paso Times.

Después de saludarnos, empezamos el viaje que tuvo una primera parada en la Plaza del Periodista, donde hay unas fuentes danzarinas que sólo funcionaron una vez y ahora sólo queda un piso con trampas que al pisarlas pueden o no colapsarse, como si fuera una película de Indiana Jones. Ahí nos alcanzó un fotógrafo… ¿cuál era su nombre? No lo recuerdo.

Pasamos por la calle La Paz, los mercados, la Misión de Guadalupe, vimos las escaleras de mármol y bajo relieves de los viejos cines, esa vez hasta nos permitieron ver la vieja pantalla y las butacas. Pasamos por el Hotel La Fiesta, ese donde se hospedaba Frank Sinatra, vimos el pequeño duplicado del Espíritu de San Luis que Lindbergh piloteo en ese primer histórico vuelo de Nueva York a París sin escalas.

Entre tantas cosas bonitas que tiene el Centro de la Ciudad llegamos a la Plaza Cervantina. Simplemente no creían que ese espacio existiera ahí. Como lo hizo mi hijo, ellos también me preguntaron ¿qué se hacía allí?, de nueva cuenta respondí que “nada”, otra vez volví a escuchar que ese lugar debería ser utilizado, que algo se debía de hacer allí.

Sonreí para mis adentros pues sabía que las intenciones eran las mejores. Lo que ignoraba es que Gustavo cuenta con creatividad y voluntad suficiente para transformar la realidad.

Días más tarde Gustavo me llamó para preguntarme si le podía ayudar, que ya había decidido tomar ese espacio público y revivirlo a como diera lugar. Claro que contesté que sí.  ¿Cómo no interesarme en algo así?

A todas y a cada una de las actividades que se hicieron para reavivar la Plaza me invitó Gustavo, pero por azares del destino nunca pude asistir… Es cuando me pregunto si no tengo problemas con administrar mi tiempo, hay cosas importantes a las que no les doy seguimiento. Es por falta de tiempo o tal vez porque soy muy güey.

Me invitó a platicar del proyecto con estudiantes de arquitectura, a buscar y platicar con los dueños de los edificios de la Plaza, a revisar los modelos que hicieron los estudiantes y a formar el Colectivo Punta de Lanza. Recuerdo que estábamos celebrando que Leobardo y Nohemí recién se enteraban que serían padres de dos gemelos que se dieron a conocer al mundo como Indi y Ocupa, en memoria de los movimientos de Indignados y Occupy. En esa ocasión, Leobardo intento preparar unos tacos al vapor que terminaron como un enorme pastel de tortilla. Ese día, Esbeltamorenapiernaslargas y yo invitamos a Gustavo a que nos acompañara. Nos dijo que llegaría un poco tarde pues estaba ultimando detalles de la conformación del Colectivo Punta de Lanza. Gustavo conversaba con quien fuera de la idea de ser Punta de Lanza en la transformación de la ciudad. Tiene esa rara manera de poder platicar pareciera que con cualquier persona, como dice mi madre, tiene la sangre liviana.

Siguieron pasando los días y Gustavo me seguía invitando ya no sólo ha reuniones sino a buscar donaciones de pinturas, a limpiar la plaza, a pintar…

Con Renétukis, llegué a pasar por la Plaza Cervantina durante el proceso de transformación. Le tomé alguna foto donde se podía apreciar que a sus 5 años no alcanzaba más allá de la parte baja de la pantorrilla del gigante que desde una pared amenaza fiero a un Quijote.

Llegó el día… tanto que me invitó Gustavo y yo lo olvidé, pero Gonzalo me mandó un mensaje que me recordaba que nos veríamos en la tarde en la Plaza Cervantina. Gonzalo, de los ingenieros que conozco es el que más ha leído y escribe como una patada de mula, pero sospecho que ese es un secreto que no quiere mostrar.

La cosa es que llegué a la Plaza Cervantina como a las 4:30 PM, le mandé un mensaje a Gustavo diciéndole que estaba ahí por si algo se ofrecía. Habrá pensado, “a buena hora te apareces”. Gustavo tenía todo en orden, permisos y avisos, incluso solicitó apoyo tanto de la policía estatal como de la municipal, pues uno nunca sabe en quién confiar.

Estaba la reportera que siempre es crítica, conocedora, neurótica y no tardo en quejarse de que las cosas no empezaban a tiempo. También el Doctor José que iba con su esposa, vi a Gonzalo, al muchacho delgado, a Marcela ¿toca el violín? y a muchas mujeres bellas por su sencillez. Me llamó la atención un grupo de mujeres que vestían bonitas ropas, maquillaje, perfume y cuerpo estereotipado. Las acompañaba un joven de cabello largo y acondicionado, barba y bigote estilizados. Me daba la impresión de que él era el maestro de artísticas de la escuela de sus hijos y por alguna razón, que imaginé pero no compartiré, habían decidido salir a conocer una expresión cultural de la ciudad.

Viendo tanta gente, alguna conocida y otra no, de pronto, en medio de la plaza un joven empezó a leer el PM. De pronto empezó gritar.

De pie, volteaba al este y gritaba “le pasan un auto para asesinarlo” leía el encabezado del periódico. Volteaba al norte y gritaba igual, después al oeste y lo mismo. Fue entonces que me di cuenta de que estaba empezando un performance. No me gustan mucho los performance, pero este en particular tenía algo agradable.

El joven siguió gritando los encabezados de las notas, “lo mataron en un taller mecánico” de nueva cuenta en este recorrido que hacía del oeste a norte al este y de regreso, preguntaba a viva voz, “¿por qué? ¿por qué?”.

De pronto, se quitó la camisa, se quitó el pantalón, un anciano lo miraba con especial deleite, su celular salió volando y se descalzó. Frente a él tenía un portafolio del cual sacó unas tijeras y se empezó a cortar el cabello. Se empezó a pintar el rostro, como si perteneciera a algún tipo de tribu amerindia.

Pintado, sin pantalones, sin camisa, con un tipo de mallas negras. Daba la impresión de que buscando respuestas del porqué de los crímenes regresaba a su estado más salvaje, golpeaba un tambor, tocaba un flauta y cantaba rezos a dioses paganos ya olvidados.

Después, rompió la flauta y envolvió su rostro con periódico lo pegó con cinta adhesiva y empezó a caminar entre la gente a ciegas gritando de nuevo, “en algo andaba, en algo andaba”. No sé si lo entendí, pero la formula parecía simple: Le impactaba la noticia, buscaba una verdad pura como la desnudez salvaje, pero la respuesta que recibida era cegadora.

Con eso dio inicio el espectáculo cultural de la reinauguración de la Plaza Cervantina. Casi un año después de esa primera visita con Gustavo, Alejandro y el fotógrafo, tal vez año y medio desde que mi hijo quería verla utilizada, no sé cuánto tiempo abandonada, pero al fin ese lugar estaba vivo nuevamente. Había puestos que vendían artesanías, comida y uno de chucherías. Hernancito, se pasó la mayor parte del tiempo viendo como trabajaba un artista que pintaba paisajes con aerosol.

Las paredes de los edificios que esconden la plaza tienen ahora esas extrañas pinturas que hacen alusión a la obra de Cervantes, algunas multicolores y otras en blanco y negro. Son maravillosas esas paredes seductoras.

Era la hora de inaugurar, y el representante del Instituto Chihuahuense de la Cultura, Miguel Ángel Mendoza, platicaba como la institución había intentado reavivar la Plaza desde 1981… ¿Qué? Me pregunté. Fue cuando me decidí a contar la historia que yo conocí. Sin duda el ICHICULT aportó un valioso apoyo pero, lo que yo vi fue precisamente la punta de una lanza que de manera difícil logro penetrar con una idea que parecía un sueño guajiro y la convirtió en realidad. Un grupo que logro hacer realidad uno de los sueños de uno de mis hijos. ¿Eso se puede pagar? Y es que las instituciones están para atender a la ciudadanía, y por muy buenas que sean no podemos dejar que se apropien de una historia que no les pertenece. Por eso cuento lo qué sé, lo que recuerdo, por eso platico lo que yo vi de cómo fue reviviendo esta plaza, para no olvidar,  para que me corrijan en lo que pude haber entendido mal, para llenar los huecos que quedan, pero principalmente para recordar que siempre es posible cambiar las cosas, hacer realidad un sueño, transformar nuestro mundo, pero para eso se requieren no sólo buenas ideas, sino acciones como las que Gustavo Ruiz y el Colectivo Punta de Lanza impulsan en nuestra ciudad.

JuárezDialoga ha invitado a Hernán Ortiz III para colaborar por su trayectoria académica y participación en la Sociedad Civil Organizada. Hernán es profesor en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). También, colaboró en la Organización Popular Independiente (OPI) y en el Consejo Ciudadano por el Desarrollo Social (CCDS). Actualmente dirige la organización civil Ciudadanos por una Mejor Administración Pública (CIMAP) conformada por un grupo de ciudadanos que trabajan por tener una mejor ciudad al proponer a las autoridades, mecanismos para mejorar la administración pública.

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