LA LICENCIADA CONTRA MI CUERPO

Controlar el cuerpo es una de las formas básicas de mostrar el poder. Me sorprendió en particular cuando fui por  mi pasaporte a las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores que están en Galerías Tec.

La dinámica era muy simple en realidad, había un par de ventanillas. Se pasaba a la primera y a cambio de la identificación oficial daban el pasaporte y mientras se revisan los datos se pasa a la segunda ventanilla donde se firma de recibido y regresan la identificación. El trámite dura aproximadamente entre veinte y treinta segundos.

Lo divertido o indignante aquí es la manera en qué forman a las personas mientras esperan su turno. En la sala de espera hay dos grupos de seis filas de diez sillas en cada uno a manera de auditorio.

Para entregar los pasaportes se utiliza uno de estos grupos de silla como espacio para hacer fila. La gente se forma conforme va llegando cuando llega a la última silla, se sienta en la de la fila siguiente y así en zigzag quedan ordenados.

Como el trámite es rápido, poco a poco el estar sentado carece de sentido, es ridículo sentarse para levantarse veinte segundos después sólo para sentarse en la silla que está a un lado. Por eso las personas empiezan a quedarse de pie mientras esperas.

Ni la fila era muy larga, ni la gente era mucha. Pero aun así, la “licenciada” de la ventanilla se sentía incómoda de ver a la gente de pie. No puedo evitar pensar que la educación superior que damos en el país ha de ser muy extraña.

De pronto, sin razón aparente, la “licenciada” de la primer ventanilla empezó a levanta la voz para pedirle a la gente que se sentara, que todos serían atendidos pero que por favor se sentaran. El ambiente relajado y tranquilo de quienes esperábamos, no coincidía con el tono de voz de la “licenciada” así que nadie se sintió interpelado por la orden y cada quien seguía esperando en su lugar.

Entonces la “licenciada” llamó al guardia y le pidió que sentara a la gente. Él se acercó y con tono amable pero firme pedía a las personas que esperaran su turno sentadas. Pero de todas maneras tenían que cambiarse a la silla contigua cada veinte o treinta segundos.

Ahí fue donde me entró la rebeldía y simplemente no quise que alguien decidiera por mí si me paraba o me sentaba. Ridículo lo sé, pero ceder a esas formas de control es la base para perder la voluntad propia.

Me quede de pie ignorando la voz que hablaba a todos y a nadie en particular. Al ver eso el guardia se aproximo a mí y me dijo que si me podía sentar.

-        ¿Pasa algo si me quedo de pie?

-        Sólo que este esté enfermo.

-        Sabe, sí, tengo hemorroides.

Pocas veces mi mente trabaja tan rápido como lo hacía la de mi padre. El guardia se alejó, se acercó a la ventanilla donde estaba la “licenciada” y escuché como a siete metros de distancia le dijo que yo tenía hemorroides y que por eso no me sentaba.

No pude agradecer la discreción, pero al menos no siguieron insistiendo que me sentara. El resto del grupo seguía con esa ridícula dinámica de sentarse, esperar veinte segundos, pararse y sentarse a un lado, veinte segundos y repetir.

Frente a mí había una señora con un niño de tres o cuatro años, muy grandote el chamaco, pero estaba dormido.  Aun así la mujer se levantaba y se sentaba, se levantaba y se sentaba. Hice señas al guardia que me ignoró. Agité mi brazo en el aire y le señalaba a la señora que cargaba al niño. Pero me ignoró más. Le dije a la señora que se quedara sentada, que su lugar era antes que el mío y que le avisaría cuándo le tocara pasar. Pero no, ella prefería conservar su turno como se lo indicaban, aun cuando esto significara levantarse y sentarse cada veinte segundos cargando a su hijo.

Cuando llegue a la ventanilla me porte amable, saludando y preguntando a la “licenciada” ¿cómo esta? Ya toda la gente de la fila, menos yo, estaba inmersa en esa coreografía de pararse y sentarse así que ella estaba bien y el trámite fue tan ágil como siempre.

Cuando salí de la oficina, hable con el guardia.

-        Le estuve haciendo señas para que viera a la señora que estaba frente a mí. Traía un niño muy grande y se paraba y se sentaba a cada rato. Cuando eso pasa, luego luego me acuerdo de mi mamá y pues pensando en ella quería pedirle permiso para que se quedara sentada. Pero usted no me vio.

-        Sí lo vi, pero pues yo no puedo hacer nada, las “licenciadas” se enojan si uno no les hace caso.

-        Sí, me imagino, ya sabe cómo son.

-        Pues sí, se enojan.

-        Bueno pues, cuídese, que tenga buena tarde.

Y ya.

No tiene sentido hacer que la gente se pare y se siente cada ratito, es simplemente la tranquilidad que le da a alguien saber que tiene control sobre el cuerpo ajeno. ¿Por qué una licenciada que atiende una ventanilla necesita esta tranquilidad? Por qué representa al gobierno tal vez y esa es la imagen que se debe dar. Pero he visto cosas idénticas en bancos. Ahí no son gobierno… lo que realmente me sorprende es la docilidad con la que dejamos que hagan tonterías con nuestro cuerpo. Así empiezan y luego se termina aceptando como normal la violación a nuestros derechos. Luego olvidamos que parte importante de la ley es definir los límites del gobierno con el simple objetivo de cuidar nuestra libertad.

JuárezDialoga ha invitado a Hernán Ortiz III para colaborar por su trayectoria académica y participación en la Sociedad Civil Organizada. Hernán es profesor en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). También, colaboró en la Organización Popular Independiente (OPI) y en el Consejo Ciudadano por el Desarrollo Social (CCDS). Actualmente dirige la organización civil Ciudadanos por una Mejor Administración Pública (CIMAP) conformada por un grupo de ciudadanos que trabajan por tener una mejor ciudad al proponer a las autoridades, mecanismos para mejorar la administración pública.

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