LA PUNTA DEL ICEBERG

Desde los discursos conservadores la mujer de clase baja de Ciudad Juárez es construida como la mujer marginal: como la pobre, la analfabeta, la obrera de maquiladora, la que deja a sus hijos en la calle o solos en la casa para irse a trabajar. Se le identifica como la causante de la desintegración familiar, la que propicia que los niños y niñas en los barrios se conviertan en adictos o sean delincuentes en potencia. Es la madre soltera que cambia de parejas, se llena de hijos y propicia que sus parejas sentimentales abusen de ellos cuando se va a trabajar y los deja a su cuidado. O la madre casada trabajadora que abandona el espacio de lo doméstico y con éste, el cuidado de los hijos. Desde estas miradas no hay mujeres de Ciudad Juárez, hay una mujer, definida desde los discursos que culpabilizan y que son frecuentemente traídos a cuenta cuando se narra alguna tragedia ocurrida en zonas precarias a causa de la violencia, o cuando se da cuenta de un hecho delictivo. De la misma manera, pareciera que los problemas sociales surgen donde hay pobreza, precisamente a causa de los y las pobres. La pobreza es asociada con el descuido, la desintegración familiar, la “falta de valores” y la consecuente degradación social. Entonces esta falta de valores es la causa de la pobreza y la violencia, no atribuibles a un sistema económico, político, cultural y/o social, sino simplemente se debe a esta inherente incapacidad de los pobres de superar su propia situación. Este discurso conservador, de rechazo del desplazamiento de las mujeres hacia la vida pública, permea absolutamente todas las instituciones y los espacios en los que las mujeres realizan su vida cotidiana, y tiene consecuencias graves que se expresan en desigualdades en todos los ámbitos, particularmente en la violencia de género que sufren dentro y fuera de sus casas. Por eso considero que es tarea relevante hacer visibles estas miradas conservadoras, porque son la arena en la que se mueven mujeres y hombres en Ciudad Juárez, es el “iceberg oculto” del que nos habla Celia Amorós cuando reflexiona sobre el feminicidio como la punta del iceberg de lo que ella llama el terrorismo patriarcal. Por eso es muy importante recuperar la mirada sobre sí mismas que expresan las mujeres de sectores marginados desde ángulos muy diversos, para afrontar esta materialidad que es construida discursivamente de una manera en particular y no de otra. Ser mujeres de clase baja implica estar siempre resolviendo dilemas: decidir qué es mejor, si quedarse en la casa a cuidar a los hijos y prácticamente morirse de hambre, o irse a trabajar para llevar un poco de dinero al hogar, pero sin poder estar al tanto de los hijos. Significa en todos los casos afrontar las consecuencias de la feminización de la pobreza, y lo que es más terrible, soportar cada día que se les llame culpables de todos los problemas que sufren las familias como las adicciones, la falta de oportunidades para sus hijos e hijas, y la violencia de género. Por eso para muchas mujeres una alternativa digna para tratar de tomar control de sus propias vidas y de incidir en la búsqueda de respuestas a los problemas de sus comunidades, es tejer redes y buscar cobijo en espacios solidarios, y desde ahí imaginar resistencias contra las terribles consecuencias de las desigualdades de clase y de género que los sistemas capitalista y patriarcal dejan caer sobre sus vidas y sus cuerpos, marcados por el dolor, y por la lucha.

JuárezDialoga ha invitado a Patricia Hernández para colaborar por su interés en tratar desde la academia los temas de género en Ciudad Juárez; así como su constante participación en los diversos movimientos sociales en esta ciudad.

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