COYUNTURAS DE LA MUERTE: DE LOS 43 DE AYOTZINAPA A LOS Y LAS 49 DE ORLANDO

Giovani AcostaPor Giovanni Acosta

Los casos de desapariciones y de asesinatos en masa en fechas recientes han dejado un rastro sombrío con olor a muerte en México y en Estados Unidos. Me refiero a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, y a los 49 asesinados y asesinadas en el club nocturno Pulse de Orlando, Florida. Ambos casos, tanto dolorosos como espantosos, nos han dejado con una infinidad de dudas, desde cómo y por qué se originaron dichos actos de violencia extrema hasta la responsabilidad social e involucramiento de los gobiernos de ambos países en la aplicación de justicia e investigación de los hechos, además de la cobertura mediática pública. Y es que la violación total de derechos humanos y civiles en ambos casos es también aplicada por los mismos gobiernos pues parece que nunca llegaremos a conocer que fue lo que sucedió exactamente. En el mundo prevalecen actos sanguinarios en contra de la humanidad y en contra de grupos sociales específicos, haciéndonos difícil creer en la justicia social impartida y señalada por los Estados modernos contemporáneos y sus constituciones. Es ahí en donde una coyuntura de muerte comienza a navegar el mundo globalizado como si estuviera interconectada y fuera de control, pues pareciera que nadie la puede parar, ni con protestas ni movilizaciones, y tampoco con foros internacionales que discuten una y otra vez como prevenir y seguir denunciando los actos de terrorismo, de crímenes de odio, de actos represivos y de fascismo perpetrados por policías y militares, o de sicarios y políticos privadores en general del derecho ajeno a la vida y a la libertad. La coyuntura de la muerte provoca que en muchos países del mundo nos organicemos para consolidar la justicia social, y no dejará de existir mientras no abordemos lo que considero tres puntos clave que la hacen prevalecer: 1) Grupos absolutistas de poder, 2) estructuras opresivas, y 3) sistemas de cooptación de la vida.

A lo largo de todos los países del mundo existen personas que son capaces de manejar los intereses de grandes grupos de personas y de poblaciones enteras, todo sin ningún proceder democrático y con poder absolutista. Pero el poder no existe en realidad, sino más bien es algo que imaginamos, diría Michel Foucault, ¿entonces cómo puede ese pequeño porcentaje de personas tener tanto poder sobre todos los demás? Es ahí en donde las estructuras sociales juegan un papel importante. Dicho papel lo encontramos fungiendo privilegios de poder en fiscalías especializadas en la atención a víctimas y la impartición de justicia, de igual modo en instituciones de educación limitantes para el posicionamiento jerárquico, social, político y científico para personas con discapacidades y excluidas por motivos de género y raciales, clases sociales bajas, y disidentes y luchadores políticos, y que también se encuentra en otros espacios sociales en general, incluyendo centros de salud pública y negocios de inversión privada. Trabajadores, civiles, mujeres, inmigrantes, inversionistas, adultos mayores, estudiantes y maestros, homosexuales, indígenas, en fin, toda categoría que representa a cada persona dentro de nuestra complejidad micro-estructural es dominada por discursos con orientación hegemónica a través de las voces privilegiadas de un puñado de personas poderosas, o bien el denominado 1%. La vida de los no poderosos se vuelve entonces parte de una dinámica que tiene precio y valor y que está disponible para su uso con fines políticos, mediáticos, de entretenimiento, de intercambio y de todo lo que se puedan imaginar y que le da forma a nuestra complejidad social. El principal motor sistemático que sustenta todo lo anterior se llama capitalismo, mismo que se beneficia de la existencia de otros sistemas incluyendo el patriarcado, el racismo, el clasismo, la militarización, el colonialismo, el imperialismo, y hasta de la tecnología, todos con matices y colores distintos incluyendo los culturales, sociales, económicos y políticos, pero con un mismo resultado: Seguir creando paso abierto a las coyunturas de la muerte.

Estas coyunturas necro-politizadas las podemos encontrar en el discurso de Donald Trump, candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, que señalaría que tras la masacre en Orlando estaríamos presenciando sólo el comienzo de más hechos parecidos, y es que ¿dónde hemos escuchado eso antes? más bien, ¿en dónde no hemos escuchado eso antes? En el 2010 el entonces presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, dijo que los estudiantes de Ciudad Juárez víctimas de la masacre en Villas de Salvárcar eran “pandilleros,” justificando así la guerra contra el narco impulsada por su gobierno. Es así como detrás de cada tragedia el oportunismo y protagonismo político de las personas que se encuentran a la cabeza del poder capitalista, principalmente del occidental, se hace presente a través de discursos que buscan prepararnos para aceptar las consecuencias de mantener este sistema con estructuras coyunturales de muerte. Ante esto es importante seguir trabajando para darle a las coyunturas organizacionales un giro de vida y no de tragedia. Ya sean 43 desaparecidos de Ayotzinapa, o 49 asesinados y asesinadas en Orlando, nuestras vidas, inclusive después de la muerte, nunca serán negociadas.

Giovanni Acosta es residente de El Paso, Texas, y originario de Cancún, Quintana Roo, México. Tiene licenciatura en psicología y una maestría en sociología, ambas por la Universidad de Texas en El Paso, lugar en donde también ha impartido lecturas de antropología y sociología. Acosta es también activista y conferencista fronterizo, y ha participado en varios colectivos locales, incluyendo el #Yosoy132 Juárez, Iniciativa Feminista, y Ayotzinapa Sin Fronteras. Sus principales demandas de justicia tienen una política con orientación anti-capitalista, socialista, y feminista.

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