DE LA PEREZA O EL DICCIONARIO POÉTICO DE CESAR SILVA MÁRQUEZ

Antonio Rubio Reyes

Por: Antonio Rubio

ABCdario (2000), primer poemario de César Silva Márquez, es una obra desconectada. Con el lector (yo) y con la poesía. Quiero decir, no existe una conexión ni una unidad temática en la concepción de los poemas. Hay, sin duda, fragmentos que si bien no están relacionados, hablan del mismo tema (no es lo mismo); pero el sentido se encuentra ausente. Dividido en siete partes que pretenden dar la ilusión de estructura, ABCdario es tramposo con lo que intenta comunicar: una conciencia comunicativa. Pocos poemas —los de la primera parte— establecen una unidad, tanto temática como verbal. (Al final aparecen algunos intentos por regresar a la idea original pero son poco efectivos por esa sensación de distancia que hay entre ellos). Hay una necesidad por nombrar —Marla es una figura en la distancia—, por explorar al lenguaje, por los secretos en la relación del mundo poético con las palabras. Incluso la voz lírica habla y reprocha a un en esa necesidad existencial y lingüística. El inicio del poemario, en fin, promete y de cierta forma atrapa porque existe un propósito que lamentablemente se desvanece en lo que considero poesía de relleno. Tanto esa angustia por definir pierde total sentido estético como el personaje de Marla (posible tú) y la misma voz lírica desaparecen en divagaciones: ya no hay búsqueda, sino pésima descripción, una poética de diccionario que no funciona.

El poemario no logra responder a las siguientes cuestiones: ¿De qué trata? ¿Cuál es el tema? ¿Qué estructura tiene? Hay, claro, una idea, un borrador. De hecho lo imagino así: un cuaderno de anotaciones, frases e ideas más que poemas. Por supuesto que dentro de estos apuntes recortados hay algunos —pocos— que cumplen una función poética concreta. Desafortunadamente debo criticarlos por lo que pretenden ser.

Si algo ambiciona ABCdario es definir los elementos cotidianos y banales; darles un giro poético: redescubrir su significado. Así pues, quietud es “esa pequeña ancla”; el día “es hojarasca”; tarde “es un cuarto de ausencias”; mañana “es légamo herido”; bar es “tórrida semilla”.  Pero mi conflicto con lo último nace en las contradicciones del poemario. Al definir nada queda definido. Todo queda en palabras que comunican nada, salvo la idea del tiempo y espacio: día, tarde, mañana; quietud (indica movimiento y por lo tanto una sujeción al espacio) y bar. Se comprende que bar se define como una semilla en donde hay calor: ¿y luego?, ¿qué propósito o alcance estético hay si no se retoma la idea, si la definición misma no tiene alcances comunicativos? El bar aparece en varios poemas y no pasa de la anécdota espacial y personal. Insiste y apuesta por sus descripciones vanas. Tampoco existe una experimentación: hay ilusión de experimentar. Justo que el poeta se inventa su propio “diccionario”, pero no se atreve a ir más allá: no pasa de la frase. La ausencia de signos de puntuación resulta común. En “ABCdario”, poema anticlimático con que cierra este poemario, la única apuesta experimental es aburrida, sencilla: consiste en la A mayúscula al final de palabras como “aguA”, “finalizA” y “vidA” que producen bochorno más que admiración.

Escritos en un estilo rígido en el que a cada sustantivo lo acompaña su inseparable adjetivo forzado —“el brillo diario”, “dulce agua”, “noche herida”, “somnolientas aguas”, “vidrio extraño”, “tórrida llama”, “albo día”— los poemas son traicionados por el mismo lenguaje puesto que pretende lo hermético pero a la vez lo “simple”, lo que se considera accesible a cierto público, la definición de diccionario antes mencionada. Pero en este abuso el poeta cae en el pleonasmo  (“tórrida llama”); en lo cursi (“dulce agua”); y sobre todo en la pereza (“albo día”).

El juego de lo hermético es un artificio difícil y curioso que se basa en un axioma: existe un placer en descifrar. Aquí en ABCdario, oculto en un hermetismo innecesario, aparece más bien el mencionado hastío antes que el placer: “muertos hombres buen viaje / dormirán junto al Mar que respira despacio / en la ola indescifrable donde vive el cangrejo”. No me interesa saber de qué está hablando. Cuando se identifica el descubrimiento poético en la obra de Alí Chumacero, que utiliza la metáfora y el hipérbaton para oscurecer al lenguaje, ocurre una transformación: el hallazgo de la voz lírica es asimismo hallazgo del lector. Se dice lo absoluto en lo mínimo. El discurso poético en Páramo de sueños abarca una complejísima red de intertextualidades bíblicas y contemporáneas que se refuerzan por una percepción de la musicalidad verbal y toda una apropiación de artificios métricos poco explorados, aplicados además a un contexto espacial del que tanto han bebido los poetas de Juárez: la vida nocturna en el bar, el salón de baile. Todo aporta a la construcción de poemas que funcionan independientemente pero en conjunto son piezas imprescindibles de un rompecabezas estético impresionante. Cada poema sugiere el significado. No se regala. En cambio, en estos poemas de Silva Márquez no hay nada por descubrir, no hay hallazgo ni shock estético. Ocurre más bien lo contrario: existe una poética del exceso; se escribe demasiado para ocultar la ausencia de poesía. Imaginar a los poemas fuera del libro es abandonarlos a la salvaje crítica de la indiferencia. ¿Y cómo es la intertextualidad en ABCdario? Simple pretensión. En “Personajes”, segunda parte del poemario, hay un poema que se llama “Rainer Maria Rilke” con un epígrafe de Rainer Maria Rilke. En el cuerpo del poema hay un verso de Rainer Maria Rilke que sospechosamente es igual al del epígrafe: ¿Quedó claro de qué autor se está hablando? Otra cosa: ¿Qué necesidad hay de transcribir un epígrafe si éste aparece en el poema? ¿Hacernos creer que el autor leyó a Rilke y que sabe incluirlo en sus versos de forma magistral? Por último, no puedo negar la eficacia melodramática de Silva Márquez al momento de reproducir aquella moda vieja de romper los versos para crear una atmósfera tensa y sentimental. Todo un impacto cuando leemos: “el cartón pálido de tu estatua

bella

joven

horizontal”.

El juego tipográfico garantiza la grandeza del poema puesto que, como en Altazor, el efecto de la caída verbal apuesta por nuevas formas del lenguaje en el que los lugares comunes se reinterpretan y lo bello no es lo bello y lo joven tampoco, unidos a esa horizontalidad sensual.

Otro de los conflictos, quizá uno de los más nefastos, es que pretende explicar su complejidad —ya innecesaria— a través del artificio de los títulos. Nombrar puede ser un arte. Un sello personal incluso. Sin duda, a la hora de escribir, una de las cosas más complicadas es crear el nombre preciso, que resuma la idea del texto sin necesidad de entregarlo por completo. Así pues, se convierte en un ejercicio creativo. Se nombra para la memoria. El título pretende ser atractivo y, sobre todo, honesto con el propio texto al que da nombre y vida. En ABCdario nacen más bien de un capricho; de una necesidad simple y ridícula por nombrar; de esa pereza con la que escribe el poeta. En este poemario se impone más bien el aburrimiento de nombrar, una obligación: no dialogan con el significado del texto; no cumplen siquiera la función de título. Son palabras. Frases que resumen lo que se tratará. Nada más. Son un burdo ornamento y a la vez clave para descubrir el significado, para que el lector no se pierda entre los balbuceos gongorinos. Si se hablará del bar, el poema, siguiendo una lógica incorruptible, se llamará “Bar”. Y aquí la lista: “Pliego”, “Paisaje”, “La tierra”, “Intervenir”, “Relación”, “Náufrago”, “Cena”, “Mujeres”, “Ciudades”, “Puerto nocturno”, “Objeto nocturno”, “Diccionario”, “Tempestades”… Ni siquiera es necesario leer los textos para saber que “Paisaje” versa sobre el paisaje, que en “Ciudades” se describe a la ciudad, etcétera. La poca imaginación a la hora de titular hace que incluso algunos nombres regresen a propósito: “Bar I”, “Bar II”, Ciudades I”, “Ciudades II”.

Guardo lo peor para el final. Mencioné en el primer párrafo algo sobre la poesía de relleno. Lo rescato de la crítica musical; pero se aplica también a las series de televisión. La extensión es importante, tanto en literatura como en música. Un disco por lo general dura cerca de treinta minutos en adelante. Se convierte en EP (Extended Play) cuando la duración no pasa de los veinte minutos. Curiosamente, lo mismo ocurre en los libros, que se consideran como tal cuando tienen alrededor de cincuenta páginas. De no ser así son folletines. El relleno es otra trampa que utilizan tanto los productores de música como los mismos creadores para abarcar minutos y así poder vender el producto al precio: un disco vale más que un EP; los libros, en general y lamentablemente, suelen venderse al kilo: entre más gordos más caros. En ABCdario hay vil relleno de páginas, poemas terribles, pésimos en su ejecución, ambiciosos en su juego estúpido de enigmáticos. Estos textos breves —“cosas”, porque no contienen ningún efecto siquiera literario— aparecen para ridiculizar al poemario, puesto que no aportan nada, salvo a mi tesis sobre la desconexión en los contenidos del libro:

Náufrago

cartón mantequilla

que se mantiene en las fauces

de un tigre

Estos poemas aparecen con el propósito de gastar papel, tinta dedicada a la nada: contenido vacío. Aquí otro ejemplo de lo nimio:

Intervenir

en invierno hay más agua

sobre la palabra

nevar

Dejo de espantar al posible lector. Quisiera concluir con una interpretación del poema “Ciudades” —no en “Ciudades” que aparece después—: “heme aquí en la esquina Juárez / no le faltan locos en el jardín a esta ciudad”. Quizá la intención original es contemplar a Juárez, su totalidad, su bienvenida, no lo niego; pero quiero exponer otra lectura: describe más bien a la célebre avenida Juárez, concebida ésta como el jardín —kindergarten— local donde los locos, los asesinos, los que lloran y las estrellas de la literatura juarense se reúnen a socializar. De ahí eufemismos borrachos como “licor” y “brindis” en los poemas dedicados a la efigie del bar; de ahí el nacimiento de estos poemas de servilleta. Hoy sé que la ciudad agoniza desde hace tiempo.

Antonio Rubio Reyes (1994). Estudia Literatura Hispanomexicana en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Coordina democráticamente el taller de creación Desmadre literario. Hablando de talleres, participó en 2014 en un taller de poesía impartido por el poeta Jorge Humberto Chávez y formó parte del Colectivo palabristas. Ha colaborado en las revistas Paso del Río Grande del Norte, Cuadernos Fronterizos, así como en Bitácora de Vuelos.

 

 

 

 

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