ESCRITORES POR ESCRITORES

Antonio Rubio ReyesPor: Antonio Rubio Reyes

Esta semana se anunció el “final” desesperado de Escritores por Juárez. La nota fue publicada en El Norte pero al poco tiempo desapareció de la plataforma, acusando al redactor y organizador del evento, Antonio Flores Schroeder, de berrinchudo y melodramático. Pocas veces, sin duda, aparece una noticia, se lee, se comenta y luego desaparece de manera inesperada. En un acto desesperado por referir la “tragedia” personal, por medio de un espacio como El Norte, Schroeder agradeció a personas de las instituciones —lo cual habla de una postura fundada en el “quedar bien”, en la búsqueda del “favor”, a individuos que sólo hacen su trabajo— y se lamentó del fin del evento. Dos días después eliminó o eliminaron su error, su imprudencia. Pero el impacto propició caos e incertidumbre: tristeza entre la pequeña comunidad literaria de Ciudad Juárez, no agradecida por el redactor.

Lo cierto es que las virtudes del evento eran limitadas y poco notables. Algunos escritores novatos, entre los que me incluyo con timidez, lograron presentarse ante la ilusión de un público por primera vez. A riesgo de ser juzgado de anecdótico, relato mi experiencia en Escritores por Juárez. Asistí en dos ocasiones. El olvido me bendijo con pocas imágenes de aquel primer acercamiento en 2012. Recuerdo a Guillermo Samperio, antisolemne, destrozando con su lectura un cuento sobre triángulos. Recuerdo el machismo de la poesía de Miguel Ángel Chávez, quien hablaba de nalgas. Y finalmente estaba el mencionado Schroeder, escribidor melodramático que nadie sabe cómo es que logra publicar sus librejos. Poco queda de mi participación en Escritores por Juárez y agradeceré siempre a Francisco Romo por invitarme y también al tiempo por haber borrado todo con su tempestad de arena. Aquella vez en CU el público universitario (¡siempre quieren atraer/distraer a estudiantes!) tenía dos opciones: escucharnos o no tener clase. Sólo así, a base de mendigar, nuestra mesa no lanzó sus aguardientosas voces al espectáculo de la Nada.

Una virtud era la conexión comunicativa, quizá efímera, con otros autores de procedencias varias, sobre todo de Tijuana. No puede existir una literatura sin comunicación y uno de los aciertos de Escritores por Juárez estaba en que un grupo pequeño de poetas y narradores juarenses entablaba relaciones literarias con otras personas que se acercaban de manera diferente a la literatura. Pocas personas, mas al fin y al cabo es suficiente.

Los defectos del evento son venenosos. Imagino a algunos literatos que se angustiaron y lloraron la pérdida del único evento al que podían asistir si eran amigos o conocidos de los organizadores. El único evento donde el escritor leía para sí mismo mientras el público —si es que alguien ajeno a los escritores decidía asistir— optaba por las virtudes de la indiferencia y el bostezo. No existía un diálogo o una dialéctica con quien se tomaba la gran molestia de escuchar. En ocasiones el lector se presentaba con esa solemnidad terrorífica y hermética que ofrece la distancia: algunos eran intocables, lejanos. En el festival del egoísmo, la gran ausente es la crítica. Además Escritores por Juárez resultaba ser un evento que dejaba indiferente a la otra comunidad, es decir, a la que no estaba de ninguna forma vinculada a la literatura. Era un evento de escritores por y para escritores y debe recordarse así.

La literatura de Ciudad Juárez se caracteriza por ser pequeña y radica en pocos grupos: abundan individuos que escriben desde la periferia, en soledad, amarrados al ejercicio justo del amor por la escritura. Está escrita desde la ingenuidad, al borde del abismo: ingenua porque aquí no existe una crítica literaria consistente. Existe el virus del elogio y el compadrismo burocrático, pero no hay crítica. Quizá porque los textos no ofrecen el estímulo necesario para ser analizados desde esa perspectiva…

Todo puede resumirse en axiomas. Aquí son simples: comprometer, divulgar y vender. Detrás de todo evento juarense se encuentran estos tres pilares de lodo que tanto daño han hecho al ambiente cultural de la ciudad. Se compromete de distintas maneras: para disfrazar una carencia, una circunstancia social o histórica; o para crear un eslogan publicitario. La divulgación nace de una necesidad por dejar huella y se logra gracias a ese compromiso con la cultura: lo que se divulga son nombres y productos; lo que se busca es la mención en la prensa, en la televisión y en las redes sociales. Naturalmente el resultado y fin es vender lo que se divulga: “El escritor-organizador también come”. Y viaja. Y gana becas. Después del carnaval de las letras, el beneficio será siempre para el individuo. Pero todos satisfechos porque logró vender diez copias de su libro, porque logró traer a veinte escritores anónimos de las regiones menos transparentes, porque recibió una mención del gobierno o porque al fin pudo perder su virginidad.

Se desconoce si Escritores por Juárez ha llegado a su fin o si es sólo un artificio publicitario de Flores Schroeder, quien se caracteriza por dar una conclusión melodramática a sus proyectos y por ser una efigie cultural digna de redención, pero concluyo que, más que una tragicomedia local, el fin del evento debería reflexionarse desde una postura crítica y no desde la posición solemne ofrecida por la nostalgia del micrófono que alguna vez se babeó de palabras que no llegaron a nadie.

Antonio Rubio Reyes (1994). Estudia Literatura Hispanomexicana en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Coordina democráticamente el taller de creación Desmadre literario. Hablando de talleres, participó en 2014 en un taller de poesía impartido por el poeta Jorge Humberto Chávez y formó parte del Colectivo palabristas. Ha colaborado en las revistas Paso del Río Grande del Norte, Cuadernos Fronterizos, así como en Bitácora de Vuelos.

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