INSTANTÁNEAS POLÍTICAS DE JUAN GABRIEL

Willivaldo Delgadillo 2En una emisión reciente, la periodista Nora Patricia Jara, la conductora del noticiario estelar de Antena Radio, compartió al aire que durante la campaña presidencial de 1988, el candidato Carlos Salinas de Gortari y Juan Gabriel habían pernoctado en el mismo hotel. Relató que los corresponsales de la prensa nacional fueron testigos de la manera denodada en la que Salinas de Gortari buscó reunirse con el cantautor juarense para convertir la coincicencia en una instantánea de su gira proselitista, pero el Divo de Juárez no accedió a tomarse la foto con quien sería presidente de México entre 1988 y 1994. La anécdota puede extrañar a quienes han criticado la cercanía del cantautor con el PRI, la cual está suficientemente bien documentada en sus apariciones públicas al lado de figuras polémicas como César Duarte, el controvertido gobernador de Chihuahua.

En los ochentas Juan Gabriel libró una batalla contra su disquera por los derechos de sus canciones y en los noventas vetó a Televisa.  Por esos años empezó a ser perseguido por el fisco. El tema es mucho más complejo y no pude reducirse a una represalia personal, pero fue la oportunidad del sistema para convertirlo en un vasallo. Ya para el año 2000, Juan Gabriel estaba abiertamente con el PRI; compuso la lamentable Ni Chente ni Temo, Francisco va a ser presidente, una canción de apoyo a la candidatura de Francisco Labastida, quien fuera derrotado ampliamente por Vicente Fox. En el último año del gobierno del panista, Juan Gabriel finalmente fue detenido en Ciudad Juárez y permaneció unas horas en la penitenciaria, claro, como huésped privilegiado, acompañado por el alcalde de Juárez y varios empresarios locales. Cuando fue liberado, se desplazó hasta el lugar donde estaba programado para actuar esa anoche. No tardó en pagar la factura.

Unos años más tarde, acudió a la inauguración de la controvertida Plaza de la Mexicanidad, una X monumental, diseñada por Sebastián, el artista visual de origen chihuahuense que durante varias décadas ha plantado esculturas subvencionadas de gan escala en varias partes del país. La construcción de la obra fue polémica porque estuvo envuelta en corruptelas. También fue cuestionada porque durante su construcción, la ciudad y el país vivían uno de los periodos más críticos y sangrientos de su historia reciente. Sin embargo, a la hora de la inaguración la presencia de Juan Gabriel dotó a la obra de legitimidad política.

Algunos sectores lo criticaban porque nunca dijo nada sobre las grandes heridas de la ciudad, como el feminicidio y los efectos y secuelas de las guerra contra las drogas. En lugar de aludir a esos temas, Juan Gabriel mantenía su discurso aspiracional, cantándole a un Juárez, que más que una ciduad concreta, era un espacio mítico. A la mayoría, esto no le importó porque la complicidad con el público era a otro nivel. En una ocasión, un padre que acababa de perder a su hijo en una balacera me comentó que las cosas podrían cambiar si toda la gente de la ciudad se uniera en una gran marcha, pero para eso era necesario que alguien como Juan Gabriel la convocara; claro, advirtiió, no lo van a dejar.

A pesar de su arrastre popular y su efecto subversivo dentro de la cultura mexicana, el cantante no era un disidente político. A Juan Gabriel hay que entenderlo desde lo afectivo. Sus seguidores veían en él a un personaje genuino con el cual se identificaban porque con su música logró habitar los submundos de los marginados y de esa manera creó una comunidad imaginaria que muy bien podría  llamarse Nación Juanga.

Su incorrección política tenía una veta picaresca. Durante un concierto de cierre de campaña, el cantante dijo que pudo haber sido el PAN, el PRD o los Zapatistas, pero que había sido el PRI, quien lo había invitado y que por eso estaba ahí. Más recientemente, un reportero de Televisa le preguntó cuáles eran sus planes. Juan Gabriel respondió: El de Ayutla y el de San Luis.

El historiador Jesús Vargas cuenta que en los 80 el cineasta Gonzálo Martínez tenía el proyecto de hacer un largometraje sobre el Niño Fidencio con Juan Gabriel en el papel estelar. La idea no se concretó, pero eso no evitó que el cantautor fuese canonizado como un santón por sus seguidores. En su último round con el poder, el obispo de Ciudad Juárez, José Guadalupe Torres Campos, uno de los oficiantes en la misa en la que culminó la marcha contra el matrimonio igualitario, y un hombre con un sentido de la oportunidad sobresaliente,  saltó al templete colocado afuera de la casa de Juan Gabriel para celebrar una misa ante la urna en la que estaban despositadas las cenizas del hijo predilecto de Juárez. El legado político de Juanga tenía que ser por fuerza de corte positivo y hasta cierto punto estoico. En el mural de 400 metros cuadrados colacado en el centro de Juárez, reza la leyenda: ¨Felicidades a toda la gente que está orgullosa de ser como es —Juan Gabriel¨.

JuárezDialoga ha invitado a Willivaldo Delgadillo a colaborar por su amplia trayectoria como activista social en la región fronteriza de Ciudad Juárez. Escribió y publicó las novelas La virgen del barrio árabe, La muerte de la tatuadora y Garabato; y fue integrante del Movimiento Pacto por la Cultura. También, Willivaldo fue profesor de la Universidad de El Paso, Texas. Actualmente estudia su doctorado en la UCLA. 

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