LA AUSENCIA DE JUAN GABRIEL

Antonio Rubio ReyesPor Antonio Rubio Reyes

Había una vez una ciudad llamada Juárez en la frontera de México con Estados Unidos. Allí vivía un adolescente solitario, ajeno a la política y a la cultura, aficionado irredento de las cantantes de ranchero.

Carlos Monsiváis

Ayer murió Juan Gabriel, antes de su concierto en El Paso. Sería este su último acercamiento a la frontera que lo acogió y a la que él rindió tanto culto. Igual a todo viaje trágico, éste no pudo completarse: quedó la promesa. Durante el domingo se respiró una atmósfera cercana a la del vacío: como si una tristeza metafísica señalara la ausencia de algo. Incluso la promesa de la lluvia complementaría este absurdo panorama de las coincidencias. Juan Gabriel es quizá la efigie del poderoso mito popular: la vox populi, siempre sabia y generacional. Sus aportaciones a la cultura popular, antes de la idealización de su figura, son lo más relevante de su figura y naturalmente, tras la noticia de su muerte, fue primero la gente en manifestar su angustia al visitar su casa en la 16 de septiembre y anegarla en llanto y flores o al cantar a las afueras del Noa Noa en comunidad.

Más allá de toda postura política y alianza irrelevante, Juan Gabriel significa algo para todo juarense: el verso de una de sus canciones, su rostro en la Avenida Juárez, su último concierto en la equis. Es una figura repleta, en fin, de significados, de mitificación tatuada a la piel de en nuestra cultura popular. Conforma la memoria de los habitantes de la ciudad: desde su arresto por evasión de impuestos, dejando a todos con la incertidumbre pero siempre fieles a su espera, hasta su debut en el Noa Noa, cuando interpretó a Armando Manzanero.

El retrato de la Juárez en sus letras perfila asimismo un imaginario de la ciudad una perspectiva dulce: “la frontera donde debe vivir Dios”. Es una ciudad enmascarada, enfocada en la felicidad, bondad y demás valores de los habitantes antes de retratar cualquier situación histórica o aventurar una construcción espacial que no sea la del famoso lugar ya nombrado: antes de odas a la ciudad eran odas a su gente. Esto último será retomado luego por la política al disfrazar a la ciudad en esa lectura que, después de la violencia, necesitaban para cambiar la imagen. También por ello mismo la comunidad intelectual ha despreciado su figura, vinculándola hacia el poder e infravalorando sus aportaciones a la cultura popular juarense e incluso para la comunidad homosexual, siempre apabullada y atacada. Sus constantes conflictos con la alta cultura no sólo de la ciudad sino de México es hoy legendaria.

Sus letras buscan la identificación de quien escucha, haciendo de muchos de sus versos una especie de refranes cargados de una certidumbre de la verdad. Son en su simpleza memorables, porque reflejan estados de ánimo, situaciones cotidianas y perfiles humanos. Cuando Juan Gabriel cantaba sobre Juárez lo hacía con la sinceridad de alguien que está enamorado y es de admirar que dentro de un panorama oscuro alguien rescate la risa y el brillo como cualidades de una frontera que siempre sale adelante.

Recuerdo finalmente las mañanas de mi infancia cuando antes de ir a la escuela mi madre ponía esos discos ahora viejos y rayados de Juan Gabriel. Su efigie siempre está vinculada a ciertos pasajes de mi vida: mis viajes en la ruta, rumbo a la universidad, escuchando hasta el hartazgo “La frontera”. La ausencia de Juanga confirmará manifestaciones culturales, homenajes en las paredes y multitudes esperando su regreso, cuando su cuerpo esté aquí: habrá más gente que cuando vino el Papa.

 Antonio Rubio Reyes (1994). Estudia Literatura Hispanomexicana en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Coordina democráticamente el taller de creación Desmadre literario. Hablando de talleres, participó en 2014 en un taller de poesía impartido por el poeta Jorge Humberto Chávez y formó parte del Colectivo palabristas. Ha colaborado en las revistas Paso del Río Grande del Norte, Cuadernos Fronterizos, así como en Bitácora de Vuelos.

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