¿NARCOCULTURA?

Santiago González ReyesPor: Santiago González

¿A caso puede ser cultura lo que destruye a la sociedad? ¿Puede ser cultura lo que genera muerte y miedo? El miedo al otro, el abandono de los espacios públicos, la parálisis del comercio y el progreso, la desconfianza constante, la incertidumbre de que entre los muertos que seguramente habrá este día estemos nosotros.

Como frontera, como el punto geográfico político donde se tocan los territorios de los países más distintos en compartir una línea divisoria en el mundo, se construyen y alimentan de manera constante conceptos como: biculturalidad, transculturalidad, prácticas culturales transfronterizas, etc. Desde distintas corrientes de estudio y con las diferencias que les da el prefijo, la constante “cultura” tiene un elemento central, la construcción, construcción de identidades, costumbres, conocimientos. La misma palabra cultura en su raíz etimológica proviene de cultivo, y cultivar conlleva cuidar, alimentar y hacer crecer. Partiendo de aquí analicemos si puede existir algo llamado “narcocultura”.

“Pa dar levantones somos los mejores, siempre en caravana toda mi plebada, bien empecherados blindados y listos para ejecutar”…

Un elemento de la llamada “narcocultura” sería el “narcocorrido”, el cual definitivamente no es producto del gremio dedicado al tráfico de drogas. El corrido como género musical surge a finales del siglo XVIII, este se utilizó para narrar historias épicas y trágicas, donde aparecían fechas y personajes. Uno de los primeros corridos de que se tiene información es “La Martina”, que trata sobre la presunta infidelidad de una joven recién casada de 15 años, la cual es asesinada por su marido. En este caso no podríamos decir que el narcocorrido es producto de la llamada “narcocultura”, sino una simple adaptación de un género que ha existido desde hace siglos con la finalidad de hacer apología de sus hechos criminales, sin ningún elemento nuevo, así por ejemplo, si un abogado litigante decidiera contar las historias de sus juicios en este género, estaríamos en el absurdo de tener que llamar a dicho material como “juiciocorridos” o “litigiocorridos”.

“Van y hacen pedazos, a gente a balazos, ráfagas continuas, que no se terminan, cuchillo afilado cuerno atravesado para degollar”…

Otro aspecto de lo que se tiene por llamar “narcocultura” es la vestimenta y toda la gama de productos de los que se rodean, el derroche llegando al extremo del mal gusto, la necesidad constante de hacer patente la disponibilidad (supuesta) de recursos abundantes. ¿Pero acaso no se ve esto en las personas que cambian de situación económica drásticamente? Es sabido que lo mismo ocurre a personas que por ejemplo se sacan la lotería, el derroche, la excentricidad y mala administración, por lo que tampoco sería un elemento “narcocultural”, sino el resultado del cambio brusco de situación económica, sea producto de cualquier actividad.

Pero esta tendencia o llamada “narcocultura”, no se limita en quienes se dedican a dicha actividad, muchas personas de gremios más productivos a la sociedad se caracterizan y adoptan toda la parafernalia del narcotraficante, atraídos por el poder y reconocimiento sintético y espontáneo que genera el dinero y aterrorizar a la sociedad, lo que la doctora Vittoria Borzó, catedrática de la Universidad Heinrich Heine de Düsseldorf, llamó “regímenes de poder tanatológicos”. Pero incluso esta caracterización ha causado muertes y como ejemplo podríamos recordar al joven apodado “El Pirata de Culiacán” que deslumbrado llegó sin nada a un mundo de derroche y extravagancia, no se llevó nada, ni siquiera pudo conservar la vida.

“El Macho adelante, con el comandante pa’ acabar con lacras, todo el virus ántrax equipo violento, trabajo sangriento pa’ traumatizar”…

No, no puede ser cultura lo que destruye, lo que causa muerte y pobreza, tampoco es una moda inofensiva; en una sociedad donde se han abandonado a los y las jóvenes, darle difusión a estos modelos de éxito es empujarlos a ambientes de los que no podrán salir. Y que decir de las mujeres, las más vulneradas en este movimiento, asemejadas a otro producto, con un estereotipo de belleza alejado de lo natural, que las lleva a la modificación artificial de sus cuerpos por intervenciones quirúrgicas. O como no recordar aquel video musical del cantante de narcocorridos Gerardo Ortiz, en el que se quemaba viva a una mujer porque le había sido infiel, irónicamente el tema musical se centraba en su sufrimiento emocional de haber sido engañado, el machismo más retorcido que puede existir.

No es cultura, es anticultura, es mitología, no conlleva valor y arrojo, es la violencia por el acecho cobarde, no se adquiere poder y dinero, se pierde la vida o la libertad en el mejor de los casos. No podemos asimilarlo a cultura, no podemos perder la esperanza de un día ser una mejor sociedad.

Nota: Este artículo se publicó primero en el Diario.mx  y aquí se reproduce con autorización del autor.

Santiago González Reyes es abogado defensor de derechos humanos. Actualmente es docente en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.

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