NUESTRO DERECHO A LA RUINA

Siempre he percibido a México como un país en donde el pasado es una pieza ornamental. Algo que termina en una plaza, un museo, una calle o bajo la cobertura mediática un día al año. Se transgrede esa esencialidad que invocaba Manuel Cruz: no el recordar más, sino recordar mejor. Por eso, dicho sea de paso, cada año los gobiernos en turno conmemoran la revolución mexicana con una marcha del ejército y bandas de guerra. Esa pequeña muerte que Michel Maffesoli llama ironía. Y la ironía es eso que es pero que no debería ser.

El pasado es usado como una moneda de cambio que sirve no para castigar a los culpables, sino para limpiar culpas. Los asesinos del presente algún día, como seguramente lo harán los que ahora ostenten el poder, volverán sus ojos con vergüenza para poner una placa en donde instituyeron su delito.

Por eso Manuel Cruz decía que más que la reivindicación del pasado, debemos de buscar la del presente. ¿De qué sirve salvar el pasado si estamos perdiendo el hoy? El pasado es sutil. Se va entre los dedos fácilmente. Las versiones que lo narran pueden ser tantas como nulas, las voces que se suman pueden multiplicarse a su favor como en su contra. El pasado mismo se puede contradecir. No existe la linealidad ni la simpleza de una sola historia. Son muchas y tantas veces, que se vuelve perdible y escurridizo.

El problema en México, es que el pasado es entendido siempre desde la clase política. Parece que la trasgresión o reivindicación del pasado debe venir como decreto presidencial. Debe bajar desde los curules o la silla, impregnarse en los espacios públicos, en las fechas conmemorativas o en las fiestas oficiales que prueban que un pedazo del pasado se ha llevado al presente. Esta visión “oficialista” del pasado ha provocado la destrucción de diversas apropiaciones de él. Esto mismo lleva a perder la idea de que el pasado está en las cosas. Víctor Hugo dijo que en un martillo y un desarmador estaba toda la humanidad. Los objetos, como escribió Jorge Wagensberg, son materia inerte llevada a la vida por la materia viva. En ellos también (sobre) vive el pasado. Pero las versiones oficialistas del pasado sólo permiten comprender lo que, de manera oficial, se dice y se aprueba.  Lo demás, lo que intenta darle un significado al pasado sin esa posición burocrática, es una versión reducida y sin trascendencia.

Entonces, el pasado deja de pertenecernos y se convierte en el pasado de alguien más que se impone sobre nosotros.

Por eso cuando veo un viejo edificio ser demolido por dejar de ser funcional o por estar abandonado, me imagino una campaña para matar a todos los ancianos del país por dejar de ser útiles. La idea grosera de la muerte por la disfuncionalidad es tan violenta como la de un campo de concentración. Pero el viejo edificio no sufre del holocausto humano. Sufre de uno peor. Del holocausto de la memoria. No porque sin él la humanidad pierda momentos irrecuperables, sino que se borran elementos detonadores de la memoria. Espacios que deberían nutrirnos para entender lo que somos ahora. Los edificios, como las personas, un día habremos de morir. Es inevitable. Pero morir no es lo mismo a ser asesinado. ¿Cuál es el fin de la demolición total de los viejos edificios de una ciudad? Más allá del argumento de lo funcional, que cualquier arquitecto o ingeniero urbano más o menos actualizado podría revertir, hay un discurso oculto sobre la memoria y la función del pasado en el presente. Un discurso político que se sumerge profundamente en nosotros, en nuestras calles y en nuestra arquitectura urbana, y nos hace ver y vernos en la ciudad como eternos extranjeros. No se nos pregunta si es lo que queremos, o si es la forma en la que queremos enterrar o hacer revivir a los elementos de nuestro pasado. Es lo que es, y nada más. Entonces, cuando levantamos la vista, y vemos el suelo llano, nos damos cuenta que nos ha costado mucho tiempo reclamar el derecho a nuestras ruinas.

Como decía Gerard Wajcman, una estatua puesta en una plaza pública por el gobierno realmente nos está diciendo: no recuerdes, yo lo haré por ti. Entonces la memoria, como los elementos del pasado que son los que la nutren, se vuelve un discurso oficialista, una firma política o, peor aún, una campaña burocrática.

 Juan Manuel Fernández Chico es co-fundador del Colectivo Vagón y director de la película El Heroe. JuárezDialoga lo ha invitado a participar por su compromiso con el trabajo colectivo en el quehacer artístico en Ciudad Juárez.

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