SER O NO SER CHARLIE HEBDO

Victor Orozco 2En 1799, Francisco de Goya publicó un grabado al cual tituló “Lo que puede un sastre”. El genial pintor español dibujó un árbol seco, cuyo tronco y cortas ramas fueron cubiertas por una túnica con capucha, representando así a un santo, a la manera como imaginaban los creyentes de la época a estos hombres y mujeres tocados por la divinidad. Al pie de la figura central, una joven mujer le reza con devoción. Al fondo se advierte una procesión fervorosa, de quienes vienen a rendirle pleitesía, unos llorosos, otros suplicantes, esperanzados, con los ojos hacia al cielo o cerrados, en el éxtasis místico. Arriba, están los trazos de las Las Tres Furias, las diosas mitológicas encargadas de mantener el orden social y religioso. También, un hombre, aparentemente un esclavo, montado sobre un búho, símbolo de la sabiduría. Las interpretaciones sobre esta compleja trama ideada por Goya, han llovido durante dos centurias.

Una, destaca: el pintor clava el afilado dardo de la sátira en el cuerpo de las creencias religiosas. Se burla de la fe, depositada en un madero disfrazado. El título no deja lugar a dudas, en manos de un “sastre”, cualquier cosa mundana se transmuta en mágica, divina, milagrosa, omnisapiente, omnipotente. El dibujo resume el fenómeno de la enajenación, merced al cual, el individuo renuncia a su propio yo para entregarlo al fetiche, que puede ser religioso, político, económico. Y que no es sino una confección humana, ideal o material: es la reliquia de la madre Teresa, la catedral de Notre Dame, Mahoma, Cristo, Jehová, el gallo del hechicero, el tótem de la tribu, la estatua de la virgen que llora, el escapulario bendito, el cielo… y al final, dios.
El grabado de Goya, motivó a lo largo del siglo XIX, una indignada respuesta de los defensores de la fe. Los creyentes sinceros e ingenuos, sintieron que el mordaz dibujo ofendía hondamente sus sentimientos religiosos y se burlaba de sus creencias íntimas heredadas de padres y abuelos. Por su parte, si los clérigos de la iglesia católica, no enviaron al audaz y traidor artista -que antes había pintado cuadros religiosos- a las llamas de la hoguera santa, fue porque los tiempos de las quemas y los autos de fe ya habían ya pasado. El cuadro sobrevivió y quedó para la historia, como una de las más geniales denuncias contra la manipulación de la credulidad de las masas.
La libertad de expresión en ciernes apenas permitía en los inicios del antepasado siglo, la existencia de breves escritos y ocasionales periódicos en los cuales se podía opinar en contra del gobierno y hasta hacer mofa de los funcionarios públicos, pero sin tocar los símbolos religiosos y para ello se mantenía en los códigos penales el delito de herejía. La religión católica era obligatoria y la única permitida. En una curiosa paradoja, existía libertad de expresión, pero no de conciencia. Jesús Reyes Heroles, en una agudeza, advirtió que la hija parió a la madre, pues a fuer de publicar escritos sediciosos, al final se desembocó en la libertad de pensar.
En el curso del tiempo, el derecho a expresarse libremente se constituyó en pieza central de las sociedades modernas, inscrito en todas las constituciones del mundo. También se convirtió en el azote de los malos gobiernos, de los tiranos, de los manipuladores. Por esta razón, quienes lo han ejercido con mayor pasión y eficacia, han sido víctimas de agresiones y crímenes sin cuento. Entre éstos se encuentran aquellos que han usado el recurso de la sátira, del humor mordaz, de la crítica ácida para ridiculizar, exhibir y magnificar los tumores de la corrupción, las mentiras e incongruencias de líderes políticos y religiosos. A veces lo hacen con formas crudas y retratos caricaturescos repulsivos, nada agradables a los ojos de muchos de los lectores, quienes se sienten agraviados, sobre todo cuando el objeto de la sátira es algún santo, ídolo, deidad o figura pública de su devoción. Esto es inevitable y entraña una consecuencia del ejercicio de las libertades.
El asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo, el ahora famosísimo periódico francés, a manos de fanáticos religiosos musulmanes, ha puesto de nuevo en el debate la cuestión de los límites de la libertad de expresión. El papa Francisco dice que ésta debe detenerse allí donde comienzan la ofensa y el irrespeto a las religiones. Por tanto, no deben tocarse los dogmas sagrados. De acuerdo con ello, los moneros del semanario francés nunca debieron pintar, dibujar o imaginar la figura de Mahoma, acción prohibida por el Islam y menos hacerla objeto de burlas. Tampoco, como lo han hecho en repetidas ocasiones, con la de Cristo.
Pero, ¿Dónde poner exactamente el límite?. ¿Quiénes o cuáles situaciones son intocables?. Hace poco circuló en la red un cartel invitando a unos seminarios sobre la homosexualidad. Entre otros anuncios aberrantes, estaba el de dar a conocer los alimentos que la propiciaban, así como la manera de evitar que “esta enfermedad penetre en los hogares cristianos”. ¿Deberíamos respetar tonterías como éstas, acuñadas y difundidas por los controladores religiosos?.
En el caso del Islam, se entrelazan múltiples conflictos de orden filosófico, histórico, cultural, político y religioso. La intolerancia, la discriminación brutal hacia las mujeres, incluyendo la ablación del clítoris, la aplicación de penas corporales como la amputación, los azotes o el apedreamiento, son práctica cotidiana en las sociedades donde se aplica la ley sharia y cuya población mayoritaria profesa la religión de Mahoma. De inicio debemos recordar que no hace mucho todas estas costumbres, leyes y acciones distinguían también a las sociedades occidentales, en las cuales ha imperado el cristianismo. No fue sino por los esfuerzos de los inconformes, los heterodoxos, los rebeldes, los herejes e impíos que fueron modificándose o erradicándose, aunque no del todo.
¿Podemos en nombre de estas libertades y conquistas igualitarias criticar a las prácticas religiosas del Islam o de otros cultos, – incluyendo los cristianos y judíos-?. ¿Vale contra la crítica o la sátira, el argumento del respeto a las culturas?. Mi respuesta es que podemos y debemos hacerlo y que ni cultura, ni dogma sagrado alguno, deben quedar exentos del análisis racional y del enjuiciamiento crítico, incluyendo el llevado a cabo por medio del humor cáustico, de los monos y los adefesios. Mejor soportar el escozor causado por el ejercicio de los derechos, que obstaculizarlo. Si esto acontece, se comienza por establecer un tabú y se termina por matar a cualquiera que disiente.

Pocas de las caricaturas de Charlie Hebdo que he visto me han agradado. Pero en materia de gustos , ya se sabe, se rompen géneros. De vivir en Francia, sólo en contadas ocasiones la compraría. Lo mismo pueden hacer los yihadistas si no desean mirarla. O los cristianos y judíos fanáticos, los militaristas, estadólatras, supremacistas blancos, machistas, xenófobos, racistas, a quienes tanta ira les causa cada caricatura irreverente incluida en sus páginas.
En el colmo del oportunismo y de la impostura, todos estos integrantes de las derechas, cuyas huestes proliferan ahora por Europa, se resguardan tras la bandera de la libertad de expresión, que tanta vigencia ha cobrado a raíz de los asesinatos, para atacar a los migrantes y proclamar supremacías y exclusiones, nefastas en la historia. De manera similar, otros promueven y aprovechan la oleada de antislamismo para auspiciar campañas militares contra países de población y gobiernos islámicos. No debemos olvidar que los periodistas inmolados, fueron irreductibles enemigos de todos ellos.
La crítica que subyace en el grabado de Goya hacia la enajenación religiosa, causó en su tiempo una indignada reacción de los cruzados de la fe, en sustancia parecida a la que ahora provocan las caricaturas de los moneros franceses. Entonces, quienes estaban por el pensamiento libre, podrían haber dicho: “Yo soy Goya”, como ahora enfatizamos, “Yo soy Charlie Hebdo”.

JuárezDialoga ha invitado al profesor investigador en historia y doctor en ciencia política, Víctor Orozco, por su trayectoria académica y su solidario compromiso con la sociedad civil organizada. Víctor, actualmente es el ombudsman de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ).

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