VIOLENCIA SIMBÓLICA: DE FEMICIDIOS Y ESCRITORAS

Da pena propia y ajena leer las criticas viscerales que algunos escritores e intelectuales de Chihuahua (incluidos periodistas y críticos de Cd. Juárez) hacen, en medios informales pero de amplia repercusión,  a la escritora Renée Acosta.  La pena ajena la causa la vergüenza de reconocer que varios escritores que se presumen intelectuales y denuncian opresiones sociales no han evolucionado hasta aceptar la igualdad de género.  La pena propia es ese dolor de recordar a la poeta Susana Chávez  y los comentarios denigrantes que solía escuchar sobre ella.

Cuando Susana vivía, las sonrisas mordaces acompañaban los adjetivos que trataban de encarcelar el comportamiento desinhibido y honesto de Susana.  No solamente la policía intentó justificar el horrible asesinato de la poeta al insinuar que sus “costumbres” la habían puesto en riesgo, sino que los mismos literatos y lideres cívicos utilizaron símbolos lingüísticos para afirmar que Susana se había atraído su muerte.  Uno de ellos, inconscientemente, porque nuestra cultura machista naturaliza ese tipo de percepciones,  describió en términos que pretendían ser panegíricos que Susana era “muy apreciada en el mundo bohemio,”  es decir ese universo que habitan los “anormales”.  Decir que Susana era muy apreciada, así nada más, como hija, hermana, novia, escritora, sin recalcar que lo era en el mundo bohemio, le resultó muy difícil al declarante, porque quería afirmar que era natural sufrir una muerte violenta si una anda en “la bohemia”, si uno es escritora y camina la calle que les pertenece a los hombres.  La violencia simbólica  que Susana experimentó en vida la acompañó en el juicio sobre su muerte, como a tantas otras mujeres asesinadas en la frontera.

Ayer entraron a mi ambiente lector otros comentarios sobre la escritora Renée Acosta a quien se le ha dado un premio internacional de gran prestigio recientemente.  Los autores de esos comentarios insinuaban que el premio recibido era injusto ya que ella se ausentó en varias ocasiones de los talleres que los escritores conducían y eso es prueba suficiente de que Renée es “perezosa” y mala escritora.  La violencia simbólica que se traduce en  cultura machista les hace creer que solamente en caso de deficiencias morales o mentales una mujer no desea recibir las enseñanzas de los hombres y no hay que ignorar su ausencia y felicitarla por su éxito,  sino que hay que castigar a esa mujer que no se conforma con ser satélite.

Toda mujer es dueña de su creatividad y merecedora de premios aunque no pase por el tamiz de los escritores (hombres) y sus criterios por muy limitados o extensos que sean. Esos indignados escritores pueden y deben criticar los pensamientos de Renée o Susana, señalando específicamente donde está esa horrible falta intelectual cometida por Acosta o por Chávez, si existe.  Esos mismos escritores pueden invertir su tiempo en menospreciar los logros de las poetas y ensayistas. Podrían  dialogar sobre posibles falacias en los textos premiados de Acosta y otras laureadas porque así nos ayudarían a todos a tener conversaciones productivas.  Hasta ellos mismos podrían ser reconocidos  y premiados como ensayistas en publicaciones académicas por su análisis de textos de mujeres fronterizas. Sin embargo,  las bases para atacar a las escritoras son simple y dolorosamente patriarcales. Jamás he observado que se vayan encima de otros escritores (hombres)  o de algunos textos aberrantemente retrógradas, premiados solamente por el parentesco o compadrazgo editorial, y el intercambio de favores entre los miembros del Club de Tobi.

Es la violencia simbólica lo que me preocupa. La trivialización que marca los chistes sobre las partes de los cuerpos de las mujeres es aberrante, por no mencionar los poemas que fragmentan y convierten esas mismas partes corpóreas en simple objeto de consumo de los hombres.  Y los mismos mecanismos de fragmentación y canibalismo sublimado que atraen elogios a escritores locales fácilmente encuentran su lugar en ataques no tan sublimes.  Escritores y periodistas publican o verbalizan sus diatribas agresoras exhibiendo sus deseos de castigar a una escritora simplemente porque no quiso hacer un trabajo que no le era pagado, o porque promueve el trabajo de otra escritora, o por cualquier otra sinrazón que atrae inmediato apoyo público de otros hombres para castigarla en lo que a mi, por muy grotesco que le parezca a lectores y lectoras, ya no me parece una cacería de brujas, sino una violación en grupo con numerosos testigos presenciales y porristas.

A los atacantes les parece natural informar a sus lectores de las limitaciones reales que intentan imponer sobre la carrera de la escritora, blanco de su cólera,  porque abandonó un taller de escritura que no la hacía crecer como intelectual. La amenazan  de excluirla de las publicaciones que ellos administran  e, implícitamente, externan su deseo de limitar oportunidades de empleo en lo que ellos perciben como prestigiosas organizaciones. Esa violencia ya no tan simbólica pero impúdica se manifiesta en los calificativos y la descripción de asumidas conductas femeninas que no se les ocurriría aplicar en el caso de que el objeto de su deseo/repulsión fuera un hombre.

Y se suma a esa violencia simbólica nuestro silencio que, sólo aparentemente, guarda la paz y el orden de los “buenos” ciudadanos en la ya tan convulsionada frontera.  La consigna pareciera ser hacerle saber al mundo de nuestra inocencia y productividad a través de nuestros libros, encuentros de poetas y festivales. El asunto es proyectar la imagen de que somos pacíficas victimas de criminales, aunque violentemos o aceptemos la cosificación y la  violencia de género en contra de las mujeres,  homosexuales, y transexuales quienes sufren el mismo tipo de ataques simbólicos y físicos.  Y porque esa contradicción entre nuestras palabras y nuestros actos  no es fácilmente detectable, aceptada,  ni consciente, tal vez este escrito genere una reacción negativa ad hominem y las mismas amenazas de impublicación,  desempleo, exclusión  y escarnio publico,  de las que es objeto Acosta hoy y lo fue Chávez en vida.

Susana Chávez, que tu vida, tus actos, tus palabras y tu muerte no sean en vano.

JuárezDialoga invita para colaborar a Selfa Chew por su compromiso con la sociedad civil organizada, tanto de Ciudad Juárez como de El Paso, Texas. Ella es Doctora en Historia y Catedrática en la Universidad de Texas en El Paso. Es poeta y autora de Azogue en la Raíz, (Ediciones Eón, 2006) y Mudas las Garzas (Ediciones Eón, 2007)

 

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